Cúcuta fue el lugar que vio nacer a un niño destinado a tener al fútbol en el centro de su vida: James Rodríguez, quien llegó al mundo el 12 de julio de 1991, en una familia donde el fútbol formaba parte de la vida cotidiana, pues su padre también fue jugador profesional de equipos como Cúcuta Deportivo y Tolima.
A los 6 años James se fue a vivir a Ibagué y fue allí, donde acompañado siempre por el apoyo inquebrantable de su mamá, comenzó a pasar tardes enteras entrenando, soñando y perfeccionando esa zurda que tan lejos lo ha llevado. El primer gran rumor sobre aquel niño apareció en un torneo infantil realizado en ese momento en Medellín: Pony Fútbol. Allí, con la camiseta de la Academia Tolimense, empezó a hacerse notar, y ahí apareció el Envigado FC, donde debutó en primera división en 2006.
Luego llegó Argentina al Club Atlético Banfield, el cual apostó por aquel colombiano joven que aterrizó cargando sueños enormes, el cambio fue duro, intenso y desafiante, pero James encontró en el fútbol argentino el lugar perfecto para crecer. Con Banfield levantó un título histórico y comenzó a aparecer en los titulares de Sudamérica.
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Europa ya lo esperaba y en Portugal el FC Porto, donde ganó títulos, brilló en torneos internacionales y comenzó a compartir cancha con grandes nombres del fútbol mundial. Tras esto llegó a AS Mónaco, donde estuvo entre 2013 y 2014.
Pero el verdadero momento que cambió su vida llegó en Brasil, durante el Mundial de 2014. Aquel torneo convirtió a James en un fenómeno global. Cada vez que tocaba el balón el mundo iba descubriendo a un colombiano que jugaba con elegancia. Entonces apareció el llamado imposible de ignorar: Real Madrid.
El estadio Santiago Bernabéu lo recibió como una estrella mundial. Bajo la dirección de Carlo Ancelotti vivió partidos inolvidables con goles, asistencias y una temporada que hizo pensar que el colombiano estaba listo para dominar el fútbol europeo durante muchos años, sin embargo, nuevos entrenadores, decisiones difíciles y menos minutos comenzaron a mover su carrera por distintos caminos.
Pasó a Alemania con el FC Bayern Munich, luego Inglaterra con Everton FC, después Catar, Grecia, Brasil y México. Cada país dejó aprendizajes y nuevas versiones de James. Algunas etapas estuvieron llenas de brillo y otras exigieron paciencia y fortaleza mental.
Mientras tanto, lejos de las canchas, el colombiano comenzó a construir otro camino: el de los negocios con restaurantes, marcas deportivas y proyectos empresariales que empezaron a crecer alrededor de su nombre.
Muchos creyeron que sus mejores capítulos habían quedado atrás, pero el fútbol siempre guarda espacio para los regresos, y ese regreso sucedió en la Copa América de 2024, donde volvió a aparecer el James líder, creativo y determinante. Con la camiseta amarilla sobre los hombros y la ilusión de todo un país acompañándolo, manejó los partidos con experiencia y talento. Colombia volvió a soñar de su mano y él volvió a sentirse protagonista.
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Hoy, mientras hace parte del Minessota United FC y nos representa en el Mundial de 2026, James sigue caminando entre dos mundos: el del futbolista que todavía quiere competir al máximo nivel y el del hombre que construye un legado más allá de las canchas. Y aunque el tiempo avance, hay algo que permanece intacto: aquel niño de Cúcuta que un día entendió que el balón podía abrirle las puertas del mundo entero.
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