Para Éibar Gutiérrez, artista, músico y actor, Bogotá es un territorio de puertas abiertas en el cual se encuentran distintas culturas y sonidos. En ese cruce, el vallenato encontró una casa, un público y una oportunidad para convertirse en un género cada vez más universal.
Para él, Bogotá representa una ciudad donde los sueños pueden convertirse en realidad, y en el caso del vallenato, esa relación va más allá del cariño de sus habitantes, pues la capital es uno de los mercados más importantes para este género.
La presencia de músicos y públicos de distintas regiones permitió, además, que la ciudad aportara nuevas sonoridades y ayudara a consolidar una de las vertientes más reconocidas del género: el vallenato romántico.
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Un género nacido del encuentro entre culturas
La fuerza del vallenato, explica, también está en su origen diverso, su sonido es el resultado del encuentro de distintas culturas que, con el paso del tiempo, terminaron formando una identidad musical propia.
«En realidad, el vallenato tiene varios ingredientes que lo hacen atractivo al mundo entero. Voy a decir uno de ellos: la caja que usamos, es africana; la guacharaca que nosotros interpretamos es indígena; y este aparato que tengo en el pecho es europeo», precisó.
Esa convergencia de tres herencias culturales, es precisamente una de las razones que, para el músico, permiten entender la capacidad del vallenato para conectar con públicos de diferentes lugares del mundo.
La percusión de la caja, la fricción de la guacharaca y el sonido del acordeón construyeron una identidad que no se quedó en el Caribe colombiano, cruzó fronteras y robó el corazón de nuevos públicos.
Las nuevas fusiones de un género que nació de los juglares
Como ocurre con muchas expresiones musicales, el vallenato ha tenido que adaptarse a los cambios de la industria y a las formas en que las nuevas generaciones escuchan música.
«Yo quiero verlo con esperanza y pensar que lo que está pasando es que se va modernizando, para actualizar un estilo que no quiere morir», destacó.
Las fusiones con otros géneros, entre ellos el reguetón, son parte de esa transformación, para Gutiérrez, lejos de significar necesariamente una pérdida, estas mezclas pueden entenderse como una manera de mantener vivo un género que se niega a desaparecer.
«¿Qué ganó? Sonoridad. He ido a muchos países y esa universalidad que hoy permiten las emisoras y las plataformas digitales hace que nuestra música llegue muy lejos. Una vez llegué a Polonia y allá conocían nuestra música», comentó.
La transformación también se evidencia en los instrumentos, que han ampliado las posibilidades sonoras del género: «Inicialmente era caja, guacharaca y acordeón. Después llegó la batería, la guitarra, el piano… y le aportaron también».
Pero la evolución no solo se quedó ahí, también cambió a quién le cantan los artistas, resumiéndolo a través de tres generaciones de su propia familia:
«Mis bisabuelos le cantaban al ganado, al verano. Mis abuelos, fueron más modernos y entonces le cantaban a la enamorada, al pueblo naciente; y mis hijas Luciana y Francesca, ya le cantan al WhatsApp, a las plataformas».
Pero no todo ha sido ganancia, según reconoce, en medio de las transformaciones de la industria, también se han perdido elementos que considera esenciales, especialmente las relacionadas con cierta sonoridad y profundidad narrativa.
“La originalidad. Ese sonido del LP, te digo que no hay nada que lo reemplace”, dice al recordar los discos de vinilo.
También lamenta que las canciones actuales tiendan a simplificar las historias para adaptarse a las dinámicas de consumo musical: “En la narrativa, la música vallenata ha perdido mucho porque todo se simplifica”, explica.
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Bogotá, una esponja de sonidos y culturas
Si algo caracteriza a Bogotá es su capacidad para recibir influencias de distintos lugares y convertirlas en parte de su propio paisaje cultural.
“Bogotá es como una especie de esponja que le llegan cosas de todas partes del mundo, pero también le llegan personas, le llegan culturas, le llegan creencias y nos juntamos aquí y hacemos este país tan hermoso”, cuenta.
Esa diversidad puede escucharse en las calles, en sectores de Bogotá donde conviven agrupaciones del Pacífico, músicos provenientes del Caribe y espacios dedicados a géneros completamente opuestos, tanto así que en determinadas zonas de la ciudad, basta con caminar o pasar en carro para encontrarse con artistas que llevan consigo historias y sonidos de otras regiones del país.
«Puntualmente en el vallenato, sé que Bogotá le aportó las primeras grabaciones, pero también sé que le aportó una sonoridad de otras regiones que lo fortaleció, y hoy por hoy es el resultado de este sonido que estamos viendo».
Los bogotanos llevan el vallenato en el corazón
Su experiencia al frente de una academia vallenata en Bogotá también le ha permitido descubrir de cerca la relación que los habitantes de la capital tienen con este género.
«Aman profundamente al vallenato. Los bogotanos tienen personajes en su corazón como Rafael Orozco, como el maestro Alfredo Gutiérrez, como los hermanos Zuleta», cuenta.
Incluso reconoce que en algunas parrandas bogotanas se ha llevado más de una sorpresa cuando el público le pide canciones que reconoce, pero que no necesariamente recuerda.
La capital es escenario de iniciativas culturales que han abierto espacio a esta música y han permitido que el vallenato dialogue con otros géneros que también hacen parte de la identidad sonora de la ciudad.
Esa conexión tiene una de sus expresiones más visibles en Vallenato al Parque, un encuentro que lleva el género a los escenarios públicos de la ciudad, reuniendo a grandes artistas y espectadores alrededor de una tradición que continúa renovándose.
Precisamente, el próximo 22 y 23 de agosto se llevará a cabo una nueva edición del festival, que podrá seguir en la transmisión de Canal Capital por www.canalcapital.tv y a través de las señales de Canal Capital en Claro 116 • ETB 270 • DIRECTV 143 •Movistar 164 y 113 • TDT • TIGO 105
Imagen tomada del perfil de Instagram de Éibar Gutiérrez.*

