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  • Biblioteca Público Escolar Sumapaz: lectura y memoria en el páramo del Bogotario

    Biblioteca Público Escolar Sumapaz: lectura y memoria en el páramo del Bogotario

    En la localidad más extensa de Bogotá, allí donde el valle del río Sumapaz se abre paso entre montañas y frailejones, funciona un espacio que articula educación, memoria y cultura rural, la Biblioteca Público Escolar Sumapaz.

    Una biblioteca en la ruralidad bogotana

    Se trata de la primera biblioteca inaugurada en la ruralidad bogotana y de un punto de referencia para los habitantes del páramo más grande del planeta, así como para personas que llegan desde otros departamentos en busca de sus servicios.

    Más que un equipamiento cultural, esta biblioteca se ha consolidado como un lugar de encuentro comunitario. En sus espacios convergen la lectura, el juego y las artes con los saberes campesinos, las historias transmitidas por los adultos mayores y la memoria viva de las veredas cercanas. Su singularidad no solo radica en su ubicación, sino en los desafíos que implica promover la lectura, la escritura y la oralidad en un territorio de enormes dimensiones, donde las distancias y la dispersión poblacional son parte de la cotidianidad.

    La apertura de la Biblioteca Público Escolar Sumapaz responde a una necesidad histórica de la localidad: contar con un espacio adecuado para el acceso al libro, al conocimiento y a las prácticas culturales asociadas a la lectura. Su creación se inscribe, además, en la apuesta de BibloRed por ampliar la cobertura de sus servicios a todo el Distrito Capital, incluyendo las zonas rurales, donde los equipamientos culturales y educativos han sido tradicionalmente escasos.

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    Esta expansión hacia la ruralidad está alineada con la misión de la Red Distrital de Bibliotecas Públicas, que busca garantizar el libre acceso a la información y al conocimiento mediante recursos bibliográficos acordes con las necesidades e intereses de cada comunidad.

    Escritura y oralidad, juntas en un solo lugar

    En ese contexto, la Biblioteca Público Escolar Sumapaz es la única biblioteca rural de la zona y atiende a una base de usuarios amplia y diversa, que incluye habitantes de municipios cercanos en Cundinamarca y Meta. Llevar los programas de fomento a la lectura, la escritura y la oralidad a todo este territorio implica creatividad, trabajo comunitario y una comprensión profunda del entorno.

    Para los pobladores de las 28 veredas que conforman la localidad, la biblioteca se ha convertido en un referente. Desde Sumapaz, la lectura se convierte en un puente entre dos dimensiones que suelen percibirse como opuestas, la Bogotá urbana y la rural. Un puente que demuestra que el acceso a la cultura y al conocimiento también se construye desde el páramo.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • Tres lugares para hacer picnic en Bogotá

    Tres lugares para hacer picnic en Bogotá

    Uno de los planes que se ha convertido en la actividad favorita de muchos y que funciona para parchar o celebrar alguna fecha especial es hacer un picnic en Bogotá. Por eso hoy te vamos a recomendar tres lugares perfectos en la ciudad.

    Pero antes de eso, ¿sabías que los picnics se volvieron famosos en los años 60? Para ese entonces, grupos de amigos franceses adoptaron la costumbre de frecuentar los parques reales del país, allí extendían un mantel y compartían comida y bebidas. Luego esta práctica pasó a ser muy común en Inglaterra y poco a poco se fue popularizando en muchos países.

    Hoy en día muchos aman hacer picnics y como estamos en vacaciones qué mejor que este plan en el que podemos sacar a relucir nuestros dotes culinarios y creatividad para hacer un picnic tal como como lo soñamos. Lo primero es tener el lugar ideal.

    Picnic en Bogotá

    ¿Dónde hacer un picnic en Bogotá?

    Parque Timiza

    ¿Nos lees desde Kennedy? Este es tu lugar o el de aquellos que tienen amigos en esta zona de la ciudad. Es un parque de casi 30 hectáreas, en las que encontrarás amplias zonas verdes con una gran cantidad de árboles y un lago, uno de sus atractivos principales.

    Un lugar imperdible para ir a caminar, ver la naturaleza y, por supuesto, para hacer picnic.

    Dirección: Cl. 40h Sur #72r

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    Parque de los Novios

    El lugar para ir a la fija. Incontables son los parches que han ido a este parque a hacer picnics y es que no es para menos. Es muy central y tiene un paisaje único,  donde también encontrarás bicis acuáticas y botes para alquilar. Un plan con todas las de la ley.

    Dirección:  Av José Celestino Mutis #45-10

    Parque El Tunal

    Si te gustan los libros y hacer picnic, ¡este es tu lugar! En El Tunal encontrarás un lago y mucho espacio para tender tu mantel y la comida para compartir, y no solo eso, está al lado de la Biblioteca Pública Gabriel García Márquez, uno de los lugares con las mejores arquitecturas de Bogotá y donde podrás encontrar miles de historias para explorar después de una tarde tranquila.

    Dirección: Cra 19D, 52B-15

    Elige el lugar que más te gusta, convoca a tu parche y disfruta en estas vacaciones, porque ¡esta es mi Bogotá!

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  • Los juegos populares que resisten en Bogotá

    Los juegos populares que resisten en Bogotá

    En Bogotá, los juegos tradicionales como el tejo, la rana o la bolirana siguen siendo más que un pasatiempo. Son prácticas vivas que revelan la historia rural, indígena y comunitaria de la ciudad. En medio del concreto y la velocidad, estas formas de juego conservan un espíritu ancestral que ha sabido adaptarse al pulso urbano sin perder su esencia.

    El tejo, también conocido como turmequé, es quizá el más emblemático. Reconocido como deporte nacional de Colombia, su origen se remonta a las culturas muiscas que habitaron la altiplanicie cundiboyacense hace más de 500 años.

    En esa época, lanzar un disco de oro, el zepguagoscua, hacia un blanco no era solo un desafío de puntería. Era un acto ritual, una forma de invocar a los dioses y sellar lazos comunitarios. Hoy, el eco de esa práctica se mantiene en canchas repartidas por toda la ciudad, donde el sonido del tejo al estallar aún convoca a amigos y familias.

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    Otro clásico es el juego de la rana, una prueba de precisión que consiste en lanzar pequeñas fichas de hierro o bronce hacia una mesa perforada con distintos agujeros, algunos con obstáculos que aumentan la dificultad. La escena es familiar en comercios y centros recreativos de Bogotá, donde sigue siendo símbolo de destreza y camaradería.

    De la rana deriva la bolirana, una variación local que también exige puntería, pero incorpora elementos propios del ambiente bogotano. Aunque ambos comparten la mecánica de lanzar discos hacia una figura metálica, La bolirana ha desarrollado su propio carácter, convirtiéndose en una expresión distintiva de la capital.

    Estas tradiciones, nacidas en el campo y ligadas a las faenas agrícolas y a las celebraciones comunales, migraron a la ciudad con el tiempo. Pasaron de los patios y plazas rurales a las esquinas de los barrios bogotanos, donde hoy sobreviven entre bares, canchas reglamentadas y clubes deportivos. En muchos de estos espacios, los juegos ya no son solo una distracción: funcionan como verdaderos refugios de memoria y resistencia cultural.

    En la Bogotá contemporánea, donde la vida digital gana terreno y el ocio se transforma, el tejo, la rana y la bolirana se resignifican como símbolos de identidad popular. Representan el encuentro entre pasado y presente, entre lo rural y lo urbano. Son, en últimas, una forma de recordar que el juego, ese gesto tan humano de lanzar, compartir y celebrar, sigue siendo un lenguaje que une a la ciudad con su historia.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • Bogotá y las huellas muiscas que sobreviven en nombres y sabores

    Bogotá y las huellas muiscas que sobreviven en nombres y sabores

    El Bogotario guarda entre su concreto y su bullicio la memoria viva de los muiscas, pueblo indígena que habitó el Altiplano Cundiboyacense mucho antes de la llegada de los españoles.

    Esta herencia se refleja tanto en la toponimia de la ciudad como en su cocina. Desde barrios, cerros y quebradas hasta los sabores del maíz, la papa y la quinua, la impronta indígena permanece en la vida cotidiana.

    ¿De dónde proviene el nombre de Bogotá?

    El nombre de Bogotá, por ejemplo, proviene de Bacatá, que en lengua muisca significa ‘cercado fuera de la labranza’ o ‘cercado del sembrado’. Era el territorio de uno de los principales señoríos muiscas, gobernado por el zipa. Cuando los españoles llegaron en el siglo XVI, transformaron el vocablo en Bogotá, marcando el inicio de un proceso de adaptación cultural que, sin embargo, conservó la raíz ancestral.

    El idioma muisca, perteneciente a la familia Chibcha, sufrió siglos de represión durante la Conquista y casi desapareció, pero algunas de sus palabras han perdurado en el español cotidiano.

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    Términos como chimba (algo bueno o agradable), compa (compañero) o achantarse (desanimarse) son ejemplos de cómo este legado lingüístico sigue vivo. Otros vocablos, como chichi (hijo de la divinidad) o guaricha (princesa sagrada), conservan un significado más simbólico, recordando la riqueza cultural de los muiscas.

    Hoy, gracias a esfuerzos de los cabildos indígenas, se impulsa el rescate y la resignificación de esta lengua, que no solo abre una ventana al pasado, sino que también invita a los bogotanos a reconocer que muchos de los términos que usamos cada día son testigos de un mundo ancestral.

    Más allá de las palabras, la herencia muisca también se aprecia en la cocina. Prácticas de cultivo, preparación de alimentos y el uso de productos como maíz, papa y quinua son herencias que continúan nutriendo la identidad culinaria del Bogotario, recordando que, bajo el concreto de la ciudad, laten raíces profundas de historia y cultura.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • El Chorro de Quevedo: el corazón bohemio donde late la historia de Bogotá

    El Chorro de Quevedo: el corazón bohemio donde late la historia de Bogotá

    En el centro histórico de Bogotá, entre calles empedradas y fachadas coloniales, se encuentra el Chorro de Quevedo. Un punto donde la historia, la leyenda y la vida cultural de la ciudad confluyen.

    Más que un sitio turístico, este rincón de La Candelaria es una plaza viva donde poetas, músicos, artistas callejeros y narradores urbanos se mezclan con estudiantes, viajeros y curiosos, dando forma a una de las escenas más vibrantes de la capital. 

    El lugar, cargado de simbolismo, ha sido descrito por historiadores como un espacio donde las huellas del pasado indígena muisca, la imposición colonial y las expresiones contemporáneas de arte conviven en permanente tensión.

    Según la versión más difundida, aquí estableció Gonzalo Jiménez de Quesada su primer campamento en 1538, lo que dio origen al mito fundacional de la ciudad. Sin embargo, investigaciones recientes señalan que mucho antes de la llegada de los conquistadores, el territorio, conocido por los muiscas como Thibsaquillo, formaba parte de una red sagrada usada para la observación del cielo y ceremonias rituales.

    El nombre actual del lugar surgió en 1832, cuando el sacerdote agustino Francisco Quevedo instaló una fuente pública para surtir de agua al vecindario. Ese ‘chorro’, destinado originalmente a un fin práctico, terminó convertido en un símbolo urbano y en el punto de partida de la bohemia bogotana. 

    Cafés, bares y arte: la vida que fluye alrededor

    Con el paso de las décadas, los cafés y bares que rodean el Chorro de Quevedo se transformaron en refugios para el pensamiento libre y la experimentación artística. En estos espacios, donde el olor a café se mezcla con la música en vivo, las tertulias improvisadas pueden girar en torno a la política, la poesía o la vida misma. Así, la bohemia del Chorro se ha consolidado como un modo alternativo de habitar la ciudad: desde el arte, la palabra y la colectividad.

    La chicha: un símbolo que resiste

    Entre las tradiciones que han perdurado en el tiempo, la chicha ocupa un lugar central. Esta bebida ancestral, heredada de los pueblos muiscas, se ha mantenido como emblema cultural y atractivo turístico. De acuerdo con datos de la Alcaldía de Bogotá, en el sector del Chorro se consumen más de 600.000 litros de chicha cada fin de semana, una cifra que evidencia su vigencia en la vida popular.

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    Su preparación sigue un proceso artesanal: el maíz se cocina, se mezcla con piña y se deja fermentar durante tres días. En algunos casos, los productores añaden colorantes o sabores frutales para atraer a los visitantes, especialmente a los extranjeros. Más allá de su sabor, beber chicha en el Chorro es participar de una experiencia que combina historia, identidad y encuentro.

    Un punto de encuentro entre pasado y presente

    Hoy, el Chorro de Quevedo sigue siendo una metáfora viva de Bogotá: diversa, contradictoria, llena de historias que se entrelazan entre el rumor del público y la música que brota en sus esquinas. Es un espacio donde la memoria se reinventa cada noche, y donde lo ancestral y lo contemporáneo dialogan frente a una totuma de chicha, bajo la luz amarilla de los faroles coloniales.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • La moda bogotana es identidad y creatividad en una ciudad que se viste de diversidad

    La moda bogotana es identidad y creatividad en una ciudad que se viste de diversidad

    La moda en Bogotá es mucho más que una tendencia pasajera, es un reflejo de su gente, su historia y su clima. En una ciudad donde el sol, la lluvia y el frío pueden aparecer en un mismo día, la manera de vestir se ha convertido en un ejercicio de adaptación, creatividad y expresión.

    Los bogotanos han aprendido a moverse entre capas, abrigos livianos y accesorios funcionales que les permiten transitar un entorno urbano cambiante. Esta relación entre el clima y la ropa ha moldeado un estilo práctico, versátil y con identidad.

    Del corsé al denim: la evolución del estilo capitalino

    Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, la moda bogotana seguía de cerca los patrones europeos, especialmente los de París y Londres. Las mujeres usaban faldas amplias, corsés y blusas con cuello plisado, mientras los hombres lucían trajes al estilo inglés, con chaleco y saco.

    Con la llegada de los años 20 y 30, Bogotá empezó a experimentar una modernización en su vestuario. Las vitrinas de tiendas por departamentos como La Oriental o Sears mostraban prendas inspiradas en la elegancia inglesa, mientras las mujeres de clase alta se dejaban seducir por vestidos brillantes y los hombres mantenían una imagen conservadora.

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    El siglo XX trajo consigo una serie de transformaciones sociales que también se reflejaron en la ropa. En los años 40 y 50 predominó la silueta ajustada y femenina del estilo francés, aunque episodios como el Bogotazo marcaron un retorno a lo sencillo. En los 60 y 70, la juventud rompió las reglas con jeans de bota campana, blusas sueltas y una moda influenciada por el movimiento hippie.

    Los 80 y 90 fueron décadas de contraste. hombreras, chaquetas de mezclilla, minifaldas y brillos marcaron una estética influenciada por el rock y la televisión. Con el cambio de milenio, la ciudad adoptó un estilo más global e individualista, en el que convivían los pantalones descaderados con prendas unisex y looks urbanos más relajados.

    El clima como diseñador invisible

    A más de 2.600 metros sobre el nivel del mar, Bogotá impone su propio código climático. Las variaciones de temperatura y las lluvias intermitentes han hecho que la funcionalidad sea una regla de oro a la hora de vestir. Por eso, los bogotanos suelen combinar materiales térmicos, chaquetas impermeables y calzado resistente con piezas de diseño que aportan color y estilo.

    Esta relación entre clima y moda ha impulsado una estética urbana en la que lo útil no está reñido con lo bello. El resultado: una ciudad donde el paraguas es tan esencial como una buena chaqueta, y donde cada prenda cuenta una historia de adaptación.

    Sostenibilidad e inclusión

    En los últimos años, Bogotá se ha consolidado como un laboratorio de innovación textil. Diseñadores emergentes, marcas independientes y colectivos creativos han impulsado una transformación hacia una moda más consciente, basada en la sostenibilidad, el reciclaje y el consumo responsable.

    Frente a los impactos de la moda rápida, estos nuevos creadores apuestan por materiales reciclados, procesos éticos y una producción más humana. Además, la inclusión ha ganado espacio en pasarelas y colecciones donde se muestran cuerpos, edades y estilos diversos, rompiendo los antiguos estereotipos de belleza.

    Cuando la moda cuenta historias

    En Bogotá, la moda no se limita a los desfiles. Es también una forma de contar quiénes somos. Diseñadores locales reinterpretan símbolos de las culturas indígenas, afrodescendientes y campesinas, fusionándose con influencias globales. Así, cada prenda se convierte en un testimonio del mestizaje cultural de la capital.

    Las calles bogotanas funcionan como pasarelas espontáneas donde se cruzan estilos, generaciones y narrativas. Desde los textiles andinos hasta las chaquetas urbanas, la moda capitalina demuestra que en esta ciudad vestirse es, al mismo tiempo, protegerse del clima y expresar una identidad múltiple, cambiante y profundamente bogotana.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • La Plaza de Lourdes es el lugar donde conviven fe, barrio y contracultura en el Bogotario

    La Plaza de Lourdes es el lugar donde conviven fe, barrio y contracultura en el Bogotario

    En Chapinero, la Plaza de Lourdes funciona como un espejo de las tensiones y mezclas que definen a Bogotá. A la sombra de una basílica neogótica que domina el paisaje, conviven vendedores informales, artistas callejeros, juventudes contraculturales y fieles que llegan en busca de recogimiento. Allí, lo religioso y lo cotidiano se rozan sin pedir permiso, haciendo de la plaza un escenario vivo de encuentros, disputas y memorias compartidas.

    La historia del lugar está íntimamente ligada a la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de Lourdes, un proyecto que tomó forma a finales del siglo XIX, en medio de un país que redefinía su relación entre el Estado y la Iglesia tras la independencia.

    El impulso vino del arzobispo Vicente Arbeláez, una de las figuras más influyentes del catolicismo colombiano de la época, quien, pese a choques con gobiernos liberales y a dos periodos de exilio, promovió la edificación de un templo inspirado en el neogótico europeo que conoció durante sus viajes. La iniciativa no solo respondía a una motivación espiritual, sino también a una apuesta urbana: dinamizar el crecimiento de Chapinero, entonces percibido como un asentamiento periférico.

    Referente arquitectónico

    El templo se convirtió en un referente arquitectónico del periodo republicano. Su orientación tradicional, la presencia de una plaza frontal y un parque contiguo dialogan con modelos medievales reinterpretados para el contexto colombiano del siglo XIX, cuando se impulsó la construcción de parroquias independientes de las órdenes religiosas. Décadas después, este conjunto urbano terminaría consolidándose como uno de los hitos del norte de la ciudad.

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    La plaza, inaugurada en 1886 con el nombre de Parque Rivas, ha sido testigo directo del tránsito de Bogotá hacia la modernidad. Por allí han pasado transformaciones en el uso del espacio público, cambios en las dinámicas barriales y nuevas formas de habitar la ciudad. Esa acumulación de capas históricas explica por qué Lourdes no es solo un punto de paso, sino un lugar cargado de identidad.

    En los últimos años, el sitio también ha ganado protagonismo dentro del turismo religioso en Bogotá. La basílica, declarada basílica menor por el Vaticano en 2016, atrae visitantes que buscan recorrer la ciudad desde una mirada espiritual y patrimonial, integrando la experiencia de fe con la exploración cultural.

    Hoy, la Plaza de Lourdes resume uno de los grandes dilemas urbanos de la capital: cómo preservar el patrimonio sin congelar la vida que lo rodea. A pesar de los retos de conservación y gestión del espacio público, el lugar sigue latiendo gracias a la apropiación ciudadana. Entre campanas, grafitis, rezos y conversaciones cotidianas, Lourdes se mantiene como un nodo donde la memoria y el presente dialogan, recordándole al Bogotario que su historia también se escribe en sus plazas.

  • Bogotá, la ciudad donde el ladrillo marca la identidad urbana

    Bogotá, la ciudad donde el ladrillo marca la identidad urbana

    Desde cualquier esquina de Bogotá, el tono terracota de los ladrillos llama la atención. Este color no es casual: surge de técnicas constructivas traídas por los españoles y de la abundancia de arcillas bajo los cerros orientales y buena parte de la sabana, vestigios de un pasado lacustre. Hoy, el ladrillo es democrático: no distingue estrato social ni ubicación, y se ha convertido en un símbolo que define la identidad de la capital colombiana.

    Los primeros chircales: cuna de familias y barrios

    La historia del ladrillo comienza a mediados del siglo XIX con los primeros chircales, fábricas de ladrillos, tejas y baldosas en la periferia de la ciudad. Allí, haciendas y barrios emergentes aprovecharon la calidad de las arcillas para crear un recurso económico que sostuvo a cientos de familias, muchas de ellas desplazadas del campo por la violencia que azotó Colombia a principios del siglo XX. Barrios como Las Cruces y San Cristóbal nacieron alrededor de esta industria popular y de la incipiente industrialización urbana.

    La transformación del paisaje

    El auge del ladrillo creció con la expansión de Bogotá. Los cerros orientales se vieron marcados por canteras que extraían arcilla, gravas, arenas y calizas para abastecer la construcción. Estas explotaciones dejaron cicatrices visibles, sumándose a las nuevas intervenciones mineras en la periferia.

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    Arquitectos como Fernando Martínez Sanabria, Guillermo Bermúdez, Germán Samper y, especialmente, Rogelio Salmona, elevaron al ladrillo de lo funcional a lo artístico. Sus diseños exploraron formas orgánicas, curvas y la presencia del agua, creando una estética vanguardista que aún define el paisaje urbano de Bogotá.

    Un patrimonio cotidiano

    Para quienes viven en la ciudad, los edificios de ladrillo pueden pasar desapercibidos, integrados al día a día. Pero para visitantes o la diáspora rola que extraña la capital, el color y la calidez del ladrillo son un distintivo único. Bogotá respira ladrillo: un testimonio vivo de su historia, de sus recursos naturales y de la manera en que sus habitantes han construido su identidad.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • San Victorino, el mercado que define la moda mayorista en Bogotá

    San Victorino, el mercado que define la moda mayorista en Bogotá

    En el centro de Bogotá, a pocos metros de la Casa de Nariño y la Alcaldía, se encuentra San Victorino, un mercado que ha crecido hasta convertirse en uno de los nodos económicos más relevantes de la capital.

    Sus calles y plazas concentran un ecosistema complejo donde confluyen comerciantes mayoristas, emprendedores, vendedores informales y compradores de todo el país, movilizando cada mes cerca de 200.000 prendas de vestir. Para el sector textil colombiano, San Victorino se ha consolidado como un referente indiscutible: si un producto no pasa por aquí, casi no existe.

    Más que un mercado, San Victorino es un espacio donde la actividad económica se combina con la creatividad y la supervivencia urbana. Los visitantes se enfrentan a un paisaje sensorial intenso: los pregones de los vendedores, el ritmo de los parlantes, los colores y la variedad de mercancía generan una dinámica constante que define la vida del barrio.

    Migrantes internos, emprendedores locales y compradores de distintas regiones se mezclan en un movimiento diario que refleja tanto las oportunidades como los retos del comercio informal. Desde jugos de frutas frescas hasta ropa y artículos electrónicos, cada oferta es parte de un entramado económico que sostiene a miles de familias.

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    Uno de los eventos más característicos del mercado es El Madrugón, un ritual que comienza antes del amanecer y reúne a miles de personas con un propósito común: abastecerse de ropa al mejor precio. Este fenómeno ilustra la estructura del comercio mayorista informal en Bogotá, articulando redes de distribución que abastecen a revendedores y comerciantes en todo el país. El Madrugón, además, refleja cómo la economía de rebusque se organiza en torno a la eficiencia y la oportunidad, convirtiéndose en un espacio donde la planificación y la improvisación conviven en equilibrio.

    A pesar de su arraigo y dinamismo, San Victorino enfrenta retos significativos ante el crecimiento del comercio digital. La expansión del e-commerce exige nuevas estrategias a los comerciantes tradicionales, quienes deben adaptarse a un mercado cada vez más conectado sin perder su esencia como epicentro de la economía popular. La evolución de este barrio muestra cómo tradición y modernidad conviven en la capital, mientras miles de personas continúan construyendo su sustento en medio del caos y la creatividad.

    San Victorino no es solo un mercado, es un espejo de Bogotá, un espacio donde se cruzan historia, economía y vida cotidiana, y donde cada transacción, pregón y movimiento contribuye a la narrativa de una ciudad en constante transformación.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • El Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella consolida la agenda cultural de Bogotá

    El Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella consolida la agenda cultural de Bogotá

    El Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella se ha consolidado como un referente cultural en Bogotá y Colombia, integrando historia, innovación y accesibilidad en 17.000 metros cuadrados dedicados a las artes escénicas, plásticas y audiovisuales. Este espacio no solo ofrece infraestructura moderna para la creación y exhibición artística, sino que también impulsa la democratización del acceso a la cultura y la diversidad de expresiones creativas.

    El emblemático Teatro Colón, declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 1975, forma parte del complejo y se suma a tres salas contemporáneas: Delia Zapata, Experimental Fanny Mikey y Sinfónica Teresita Gómez. Construido entre 1885 y 1895 por el arquitecto italiano Pietro Cantini, el Colón ha sido escenario de las principales manifestaciones culturales y musicales del país, incluyendo la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia.

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    La Sala Delia Zapata, con capacidad para 511 espectadores, permite realizar producciones de danza, ópera y teatro a gran escala, con tecnología avanzada y un foso motorizado para orquesta. Su telón de boca, diseñado por Pedro Ruiz Navia, rinde homenaje a la bailarina afrocolombiana, mostrando un retrato monumental que celebra su legado y su histórica presentación en el Colón en 1954.

    El Centro atrae a públicos diversos: familias, estudiantes, académicos, artistas profesionales y aficionados, así como visitantes internacionales. Además, fomenta la participación de colectivos locales y artistas emergentes, promoviendo la diversidad étnica, de género y social en su programación, y fortaleciendo la apropiación cultural desde la comunidad. Tras su consolidación, el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella combina tradición y modernidad, ampliando significativamente la oferta cultural de Bogotá y el país, y convirtiéndose en un espacio inclusivo donde el arte se reconoce como un bien común y un derecho para toda la sociedad.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

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