Treinta años después de su primera edición, Rock al Parque ya no es solamente un festival: es parte de la historia cultural de Bogotá. Tres décadas de música, generaciones, escenas y artistas han construido una identidad que trasciende sus escenarios y conecta a la ciudad con el resto del mundo.
Hablamos con el periodista musical Julio Cesar Escovar sobre la personalidad que el festival ha construido, su lugar frente a los grandes eventos internacionales y lo que tendrá que hacer para seguir contando la historia de Bogotá durante los próximos años.
Un festival que entendió que el rock también es una actitud
Hay festivales que se miden por sus grandes nombres, por las tendencias de una temporada o por la cantidad de personas que reúnen frente a un escenario. Para Julio Escovar, Rock al Parque juega de otra manera. Su historia está atravesada por una dimensión cultural que le permitió crecer más allá de las fronteras de un género musical.
«Rock al Parque no es un festival que aplique necesariamente a las tendencias musicales del momento y siento que lo más importante de todo es que trasciende el título del rock, trasciende el género y ha entendido que el rock también es una actitud, que el rock es un estilo», explica.
Esa mirada ha hecho que el festival se expanda hacia diferentes sonidos y experiencias. Ir a Rock al Parque, dice Escovar, también significa descubrir artistas emergentes, encontrarse con propuestas culturales, comer, parchar y recorrer un universo alternativo que sucede alrededor de la música.
“Tiene todos los elementos de lo que podría ser un festival tradicional, pero es un encuentro de todo lo alternativo en torno al rock n’ roll», señala.
Bogotá suena en Rock al Parque
Si hubiera que encontrar una ciudad dentro de un festival, para Escovar sería Bogotá en Rock al Parque. No solamente por las bandas que han pasado por sus escenarios, sino por la gente, las generaciones y las formas de habitar este escenario durante tres décadas.
“Yo amo Rock al Parque. Si uno no conoce Bogotá, uno va a Rock al Parque y encuentra la capital en plena”, afirma.
En ese paisaje reconoce una historia sonora que atraviesa a agrupaciones como Aterciopelados, La Derecha, Las 1280 Almas y Kraken, pero que también continúa en las bandas y públicos que han heredado y transformado esas influencias.
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El festival ha cambiado, pero para Julio hay algo que permanece: una identidad musical profundamente bogotana. Está en las nuevas generaciones, en quienes llegan a descubrir bandas independientes y también en quienes llevan años regresando al Parque Simón Bolívar.
“Como que sí tiene todos esos elementos muy atados a lo urbano de la ciudad, como las características multiculturales que tiene Bogotá”, comenta.
Una tarima que el mundo reconoce
La historia de Rock al Parque también se ha construido desde afuera. Para Escovar, el festival se convirtió en un punto de referencia para artistas internacionales que quieren conocer y mostrar su música en Colombia. La gratuidad, la masividad y, sobre todo, la relación particular con su público le han dado una dimensión que trasciende las fronteras de Bogotá.
Pero hay algo más, quienes llegan saben que se encontrarán con un público que va al festival por la música y no únicamente por un nombre específico del cartel. Escovar lo ha comprobado incluso desde el backstage, escuchando a artistas internacionales referirse a “el legendario Rock al Parque”. Para él, esa reputación está relacionada con la pasión de quienes asisten y con una audiencia que ha sostenido el festival durante décadas.
“Esta es una tarima mítica en Colombia”, dice. Una tarima que funciona, al mismo tiempo, como escenario de exposición musical y como encuentro con un público que conoce, cuestiona, descubre y acompaña. Por eso, Rock al Parque también se convirtió en una manera de mirar hacia Colombia desde afuera.
El cartel también se escucha desde abajo
En un festival con nombres internacionales y artistas de culto, mirar más allá de los primeros lugares del cartel puede ser una forma de construir futuro. Escovar insiste en que el público también tiene una responsabilidad en ese proceso: descubrir las agrupaciones que todavía están creciendo.
«Es muy importante que todos nosotros nos eduquemos en general en todos los festivales del planeta, a que uno tiene que ir también a ver los nombres chiquitos del cartel. Si vamos a ir solo por los grandes, hombre, pues ¿qué estamos haciendo? (…) Se necesita precisamente que estas agrupaciones crezcan y yo creo firmemente que la mejor manera de apoyar una agrupación es: vaya a verla y si no le gusta, pues le ayuda a usted a desarrollar un criterio», enfatiza.
Esa posibilidad de poner en una misma tarima a artistas de enorme reconocimiento y a propuestas que todavía están construyendo su camino es, precisamente, uno de los privilegios que tiene Colombia con Rock al Parque. Escovar recuerda que el festival ha permitido encontrarse con nombres como Spinetta o TV on the Radio junto a agrupaciones pequeñas que comparten el mismo escenario.
No se trata solamente de descubrir música. También de construir una escena. De entender qué está pasando alrededor y de asumir el festival como un espacio para encontrarse con otras formas de hacer, escuchar y vivir la música.
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Cambiar sin perder el rumbo
Cumplir 30 años también significa preguntarse qué viene después. Para Escovar, el futuro de Rock al Parque no está en quedarse quieto para proteger una identidad, sino en adaptarse sin perder aquello que lo hizo especial.
«Esa adaptación habla de necesidades tecnológicas y habla también de necesidades de cartel, habla de entender la cultura y de lo que está pasando y lo que quiere la gente y lo que deja de querer la gente también. Habla de adaptar escenarios también y lugares para personas con discapacidades y demás», reflexiona.
La propia historia del festival demuestra que transformarse no significa dejar de ser el mismo. Escovar recuerda las distintas etapas por las que pasó Rock al Parque, desde sus primeros años con escenarios separados hasta su consolidación en el Parque Simón Bolívar. Cambios que, vistos en perspectiva, hacen parte de una historia mucho más amplia de adaptación.
Treinta años después, su invitación es sencilla: seguir llegando, escuchando y descubriendo. Porque si Rock al Parque ha logrado convertirse en una pieza de la identidad cultural de Bogotá, su próximo capítulo también dependerá de quienes vuelvan a sus escenarios para descubrir qué está pasando con la música.
“Los invito a todos a seguir yendo y descubriendo junto a todo el mundo qué es lo que está pasando en la música y qué nos quiere mostrar Rock al Parque”, concluye Escovar.
Foto: Juan Pablo Forero.
*Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

