Si alguien te dice ‘La serpiente de tierra caliente’, ‘El negro Cirilo’, ‘La iguana tomaba café’ o ‘La bruja loca’, pasa algo casi automático: empiezas a tararear y acordarte de ti hace algunos años, como si esas canciones estuvieran guardadas en un rincón especial de la memoria, ese donde vive la infancia. Y no es raro. Son canciones que han acompañado a generaciones de niñas y niños en Colombia, en casas, colegios, en viajes en carro y en esas actividades que se armaban en los barrios.
Pero detrás de esas melodías hay una historia que no empezó en Colombia, aunque terminó profundamente ligada a nuestro país, es la historia de Marlore Anwandter, una mujer que llegó desde Chile y terminó creando uno de los universos más queridos de la música infantil colombiana.
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Marlore nació en Santiago de Chile en 1934 y allí vivió hasta los años 70, cuando su esposo recibió una oportunidad laboral que los llevó a mudarse a Colombia. Para ella, Colombia era un país nuevo que terminaría marcando su vida para siempre, pues siempre miro nuestro país con una curiosidad genuina y esa mirada fue la que la llevó a dejar un legado muy importante a través de la música.
De hecho, su primera canción escrita en nuestro país nació de una escena sencilla: unos burros cargando leña por los caminos de Bogotá, que luego le daría vida a ‘Los burritos de Bogotá’. A partir de ahí, llegaron historias que todos nos sabemos, la de una iguana que tomaba café a la hora del té, la de un pingüino viajando con su carrito de helados o la de una serpiente de tierra caliente que se le veían los dientes.
Pero lo más especial es que Marlore no empezó su trabajo en un gran estudio ni con una industria detrás, empezó en su casa, en la cocina y con sus hijos. La casa se volvió un mundo propio y de ese ambiente nació Canticuentos, un proyecto que no parecía un disco en el sentido tradicional, sino más bien un libro de historias cantadas, canciones que también enseñaban a mirar el mundo con curiosidad, humor y ternura.
En 1975 se lanzó el primer disco y Canticuentos empezó a sonar en radios, en colegios, en casas, en cumpleaños, en tardes de tarea, se volvió parte de la vida diaria de miles de niñas y niños que crecieron escuchando esas historias, donde Marlore les hablaba de tú a tú, como alguien que entiende que la imaginación infantil es un lugar poderoso.
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Con el tiempo, el proyecto creció, se grabaron más volúmenes, se sumaron más voces, más niñas y niños, más familias, y aunque la vida de Marlore la llevó a vivir en otros países, Colombia siempre se quedó en el centro de su inspiración. Años después, incluso nuevas generaciones de artistas volvieron a ese universo con homenajes y nuevas versiones, demostrando que esas canciones no pertenecían solo a una época, sino a una forma de ver la infancia que sigue vigente.
Hoy, cuando alguien canta una de esas canciones está entrando otra vez a ese mundo donde una iguana toma café, una bruja vive en Bogotá, y una serpiente puede aparecer en una calle cualquiera, y en el fondo, está volviendo a algo de su propia infancia, y también de esas infancias de ahora que nos recuerdan que la imaginación es nuestra mejor amiga. Marlore Anwandter ya no está, pero su universo sigue vivo cada vez que una niña o niño llega a sus canciones como si fueran nuevas, aunque en realidad ya hayan acompañado a varias generaciones.
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