Escrito por: Eduardo Ordóñez, cofundador de la Fundación Tita de Visita y asesor pedagógico de Un río de preguntas.
Enseñar a niñas y niños que su cuerpo les pertenece y que pueden proteger sus límites fortalece su seguridad, su confianza y su capacidad de pedir ayuda cuando la necesitan.
Cada niña y cada niño habita un territorio único: su cuerpo. Un territorio que tiene fronteras, señales, puertas que se abren con permiso y espacios que solo les pertenecen a ellos. Cuando descubren que pueden decidir quién entra y cómo, empiezan a desarrollar una herramienta fundamental para su protección. Acompañar ese descubrimiento no exige discursos complejos; exige presencia, escucha y el gesto sencillo de mostrar que ese territorio merece respeto.
Comprender que el cuerpo es un territorio propio es una de las bases más fuertes para la prevención del abuso sexual infantil. No porque niñas y niños deban vivir desconfiando, sino porque necesitan crecer con la tranquilidad de saber que tienen un límite, una voz y un derecho: el derecho a sentirse seguros. En la publicación «Por una justicia a la altura de la infancia» (Save the Children, 2023), alrededor del 80% de los casos de violencia sexual infantil son cometidos por personas conocidas por la víctima, lo que refuerza la importancia de enseñar estas herramientas desde la confianza y no desde el miedo.
En el aula, en el parque o en la casa, esta comprensión empieza a tomar forma de maneras muy simples. Entre los cinco y los ocho años, niñas y niños descubren qué cosas son privadas, reconocen qué contacto les gusta y cuál no, y afinan esa sensibilidad silenciosa que les dice “esto se siente bien” o “esto no se siente bien”. Cuando una persona adulta les explica con calma que hay partes del cuerpo que nadie puede tocar sin permiso, o que hay momentos específicos en los que un adulto de confianza puede ayudarles (como en el baño o en una consulta médica), les está entregando una brújula para orientarse en situaciones que podrían confundirlos.
La autonomía corporal no se enseña con discursos solemnes, sino con gestos que niñas y niños pueden sentir: cuando alguien pregunta antes de tocarlos, cuando un adulto no se molesta ante un “no quiero saludar de esa manera”, cuando se respeta su espacio, su ritmo, su voz. Estos actos cotidianos les dicen sin palabras: “tu cuerpo importa, tu incomodidad importa, tú importas”.
A veces, las familias y docentes sienten temor de fomentar esta autonomía por miedo a que niñas y niños rechacen normas o interacciones afectivas. Pero ocurre lo contrario. Un niño que entiende sus propios límites aprende a respetar los de los demás. Una niña que reconoce cuándo algo no se siente bien será también más cuidadosa con quienes la rodean. La autonomía corporal no rompe vínculos: los vuelve más sanos.
Además, es importante recordar que criar y acompañar no siempre es sencillo. Las rutinas, los afanes y las expectativas pueden hacernos pasar por alto señales pequeñas. No se trata de hacerlo perfecto, sino de estar lo suficientemente presentes para mostrarles que lo que sienten es válido y que pueden pedir ayuda sin miedo ni vergüenza.
Recomendaciones para integrar la protección del cuerpo de manera natural y progresiva:
- Pida permiso antes de establecer contacto físico.
No importa si es un abrazo, una caricia o un gesto cotidiano como ayudar a vestirse. Pedir permiso es enseñar respeto. - Ofrezca alternativas para saludar.
Permita que niñas y niños elijan cómo quieren saludar: abrazo, apretón de manos, puñito o un saludo a distancia. El acto de saludar es importante; la forma puede ser elegida con libertad. - Reconozca su incomodidad sin minimizarla.
Cuando note retraimiento o molestia, diga con calma: “parece que no te sentiste cómodo; gracias por mostrarlo”. Nombrar lo que sienten les ayuda a entenderse. - Hable del cuerpo sin misterio ni miedo.
Las conversaciones abiertas reducen el tabú y aumentan la confianza. Hablar de intimidad es un acto de cuidado. - Valide sus decisiones sobre su cuerpo.
Elegir su peinado, decidir dónde sentarse o preferir una prenda puede parecer menor, pero construye identidad y seguridad emocional. - Enseñe que los límites también se cuidan hacia afuera.
Cada persona tiene su propio cuerpo, su territorio personal, se debe aprender a cuidar la propia corporalidad y también la ajena. Esta comprensión fortalece la convivencia, la empatía y el respeto mutuo.
La ética del cuidado nos recuerda que acompañar no es vigilar; es estar presentes, escuchar, sostener, permitir que niñas y niños crezcan con la convicción de que su voz tiene un lugar. Cuando descubren que su cuerpo es valioso y que merece respeto, no solo se protegen mejor: también se vuelven más capaces de cuidar el mundo que los rodea.
Prevenir el abuso sexual infantil no es vivir a la defensiva. Es cultivar un ambiente donde niñas y niños crezcan con seguridad, claridad y libertad. Donde puedan confiar en los adultos que los acompañan. Donde la intuición se escucha, la incomodidad se respeta y la autonomía florece sin miedo.
Recuerde, hablar de prevención del abuso sexual infantil es una tarea profundamente valiosa. No solo ayuda a reducir el sufrimiento de niñas y niños en el presente, sino que también aporta a la construcción de un futuro con adultos más libres, seguros y capaces de liderar una sociedad más justa y sana. Lo más importante es actuar: Escuchar, creer, reportar y proteger, puede salvar una vida.
En caso de sospechar una situación de presunto abuso sexual infantil, no dude en reportar:
- Instituto Colombiano de Bienestar Familiar: Línea 141, atencionalciudadano@icbf.gov.co
- Línea de Emergencias de Colombia: Línea 123
- Secretaría Distrital de Salud de Bogotá: Línea 106
Le invitamos a ver el primer capítulo de Un Río de Preguntas, en el que abordamos el tema:

