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  • Falleció Beatriz González, maestra del arte colombiano y cronista visual de nuestra historia

    Falleció Beatriz González, maestra del arte colombiano y cronista visual de nuestra historia

    Este 9 de enero de 2026, a los 93 años, falleció Beatriz González, una de las artistas más influyentes de Colombia y América Latina. Su partida deja un legado que seguirá iluminando la memoria colectiva de nuestro país.


    Una vida dedicada al arte y la memoria

    Nacida en Bucaramanga en 1932, González transformó la manera de narrar la historia y la vida cotidiana a través del arte. Con colores planos, apropiaciones de imágenes populares y una mirada crítica, convirtió escenas comunes y hechos dolorosos en obras que invitan a reflexionar sobre quiénes somos como sociedad.

    Su obra dialogó con la violencia política, la cotidianidad y la identidad nacional, convirtiéndola en pionera de una modernidad crítica en América Latina. Además de artista, fue curadora, crítica e historiadora, aportando a la construcción de instituciones culturales y al análisis del arte colombiano.

    Obras emblemáticas

    • Auras anónimas: intervención en los columbarios del cementerio central de Bogotá. La artista Beatriz González cubrió 8957 nichos con la silueta de hombres cargando cadáveres.
    • “Los suicidas del Sisga” (1965): pieza icónica que transformó una fotografía de prensa en pintura, cuestionando la representación de la tragedia.
    • “Decoración de interiores” (1981): serie que reflexiona sobre la violencia política en Colombia.
    • Murales y mobiliario urbano: González llevó el arte a espacios públicos, acercándolo a la ciudadanía.

    Su huella en Bogotá

    La capital fue escenario fundamental de su vida y obra. Como curadora del Museo Nacional de Colombia, impulsó la conservación y difusión del patrimonio artístico. Sus intervenciones urbanas y murales dejaron una marca en el paisaje cultural de la ciudad.

    Bogotá la recuerda como una artista que convirtió el dolor y la memoria en imágenes poderosas, enseñándonos a mirar lo propio con sensibilidad y valentía.

    Foto: Secretaría de Cultura

  • Bogotá y las huellas muiscas que sobreviven en nombres y sabores

    Bogotá y las huellas muiscas que sobreviven en nombres y sabores

    El Bogotario guarda entre su concreto y su bullicio la memoria viva de los muiscas, pueblo indígena que habitó el Altiplano Cundiboyacense mucho antes de la llegada de los españoles.

    Esta herencia se refleja tanto en la toponimia de la ciudad como en su cocina. Desde barrios, cerros y quebradas hasta los sabores del maíz, la papa y la quinua, la impronta indígena permanece en la vida cotidiana.

    ¿De dónde proviene el nombre de Bogotá?

    El nombre de Bogotá, por ejemplo, proviene de Bacatá, que en lengua muisca significa ‘cercado fuera de la labranza’ o ‘cercado del sembrado’. Era el territorio de uno de los principales señoríos muiscas, gobernado por el zipa. Cuando los españoles llegaron en el siglo XVI, transformaron el vocablo en Bogotá, marcando el inicio de un proceso de adaptación cultural que, sin embargo, conservó la raíz ancestral.

    El idioma muisca, perteneciente a la familia Chibcha, sufrió siglos de represión durante la Conquista y casi desapareció, pero algunas de sus palabras han perdurado en el español cotidiano.

    Puedes leer: Bogotá, la ciudad donde el ladrillo construye identidad

    Términos como chimba (algo bueno o agradable), compa (compañero) o achantarse (desanimarse) son ejemplos de cómo este legado lingüístico sigue vivo. Otros vocablos, como chichi (hijo de la divinidad) o guaricha (princesa sagrada), conservan un significado más simbólico, recordando la riqueza cultural de los muiscas.

    Hoy, gracias a esfuerzos de los cabildos indígenas, se impulsa el rescate y la resignificación de esta lengua, que no solo abre una ventana al pasado, sino que también invita a los bogotanos a reconocer que muchos de los términos que usamos cada día son testigos de un mundo ancestral.

    Más allá de las palabras, la herencia muisca también se aprecia en la cocina. Prácticas de cultivo, preparación de alimentos y el uso de productos como maíz, papa y quinua son herencias que continúan nutriendo la identidad culinaria del Bogotario, recordando que, bajo el concreto de la ciudad, laten raíces profundas de historia y cultura.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • Jenny Ballestas: periodismo y creatividad cultural en Canal Capital

    Jenny Ballestas: periodismo y creatividad cultural en Canal Capital

    En el espacio Audiencias Capital, se abre un diálogo sobre cómo los medios públicos relatan la ciudad, defendiendo el derecho a la información, la libertad de expresión y el pluralismo. Esta vez, la conversación se centra en la cultura como derecho, herramienta de ciudadanía y dimensión esencial de la vida urbana.

    La protagonista de esta historia es Jennifer Ballestas, conocida como Jenny, comunicadora social y periodista afrocaribeña que, durante siete años, creó contenidos culturales en Instagram. Hoy, su experiencia llega a la televisión pública, llevando la mirada de la calle y de las redes al informativo AHORA de Canal Capital.

    Jenny comenzó su trabajo en televisión el 1 de diciembre, un giro inesperado en su trayectoria. La propuesta llegó desde la dirección del noticiero tras conocer su trabajo digital, y ella no dudó en aceptarla. «Es como una película en la que el personaje principal tiene un plot twist», cuenta sobre su llegada a la pantalla.

    Desde entonces, su día a día está lleno de aprendizaje y energía para adaptarse a la dinámica de la televisión, distinta a la de las redes sociales

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    Su vínculo con la cultura comenzó en la infancia, acompañada por sus padres a museos, talleres de poesía y cursos de artes plásticas en Cartagena. Aunque no siguió la carrera de artista plástica, su pasión por el arte se transformó en periodismo cultural. Asistir a exposiciones, conocer artistas locales y narrar estas experiencias a través de su proyecto personal El parche cultural, y posteriormente mediante su marca personal.

    En Bogotá, trabajó como estratega digital del Museo Nacional, acercando las colecciones a la ciudadanía mediante canales digitales. Esta experiencia consolidó su vocación: «No fui artista plástica, pero ahora hablo del arte y lo doy a conocer al mundo», afirma.

    Comunicación cultural

    Jenny es un ejemplo de proactividad en la comunicación cultural. Su trabajo demuestra que no se trata de esperar una política de inclusión, sino de acercarse a los colectivos, documentar sus procesos y visibilizar las expresiones culturales que a menudo permanecen al margen. Según la periodista, esta actitud es clave para enriquecer los contenidos de los medios públicos, donde la sección cultural ha sido históricamente percibida como secundaria frente al entretenimiento.

    Con su mirada activa, curiosa y comprometida, Jennifer Ballestas promete transformar la forma en que la cultura llega a los espectadores de AHORA de Canal Capital, mostrando que contar historias sobre el arte y la ciudad es, también, un acto de ciudadanía.

  • Jaime Flórez y su golpe de suerte en ‘El embajador de la India’

    Jaime Flórez y su golpe de suerte en ‘El embajador de la India’

    Basada en hechos reales ocurridos en Neiva en 1962, ‘El embajador de la India’ narra la aventura de Jaime Flórez, un colombiano ingenioso que, por un golpe de suerte, es confundido con un importante diplomático internacional.

    Lo que comienza como un juego de apariencias se convierte en una comedia de errores que expone tres rasgos de nuestra idiosincrasia: el arribismo, la adulación y el chisme.

    Comedia colombiana basada en hechos reales 

    Jaime, desempleado y exseminarista, llega al Hotel Neiva Plaza bajo el nombre de Maharajá Rama Ahujama y es recibido con todos los honores. Desde cenas protocolarias hasta eventos militares, la inocente población lo trata como a la realeza, mientras él navega entre su ingenio, los malentendidos y la atracción hacia Silvia, la hija del gobernador.

    Puedes leer: Maradona by Kusturica en Canal Capital

    La película captura el ambiente de la ciudad en los años 60, sus costumbres, su gastronomía y la ingenuidad que rodea a quienes creen estar frente a un embajador real.

    Siete motivos por los que no puedes perderte ‘El embajador de la India’ 

    • Combina humor, romance y un retrato social único de la Colombia de los años 60.
    • Hugo Gómez da vida a Jaime Flórez, un personaje lleno de picardía e ingenio colombiano.
    • La farsa de Jaime genera situaciones absurdas y entrañables, que provocan risas y complicidad.
    • Cada escena mantiene al espectador entre la risa y la sorpresa, creando un ritmo constante.
    • Desde las escapadas nocturnas con su amigo Almícar hasta los juegos de seducción y romance con Silvia, la historia cautiva.
    • La película destaca por la riqueza de sus detalles, que retratan costumbres, lugares y la vida cotidiana de Neiva 1962.

    Más allá de la comedia, la película es un espejo de la sociedad colombiana de la época y un homenaje a la creatividad de quienes saben convertir la vida cotidiana en una aventura. La mezcla de hechos reales, situaciones cómicas y la construcción de un personaje carismático hacen que El embajador de la India sea un filme que no se olvida, ideal para los amantes del cine colombiano y de historias que combinan humor y reflexión.

    No se pierda esta comedia el sábado 24 de enero, con funciones a las 5:30 p. m. y 9:00 p. m.. Podrá verla desde la comodidad de tu casa en www.canalcapital.tv o por tu televisor en Claro 116, ETB 256, DIRECTV 143, Movistar 164 y 113, TDT y Tigo 105.

  • El Chorro de Quevedo: el corazón bohemio donde late la historia de Bogotá

    El Chorro de Quevedo: el corazón bohemio donde late la historia de Bogotá

    En el centro histórico de Bogotá, entre calles empedradas y fachadas coloniales, se encuentra el Chorro de Quevedo. Un punto donde la historia, la leyenda y la vida cultural de la ciudad confluyen.

    Más que un sitio turístico, este rincón de La Candelaria es una plaza viva donde poetas, músicos, artistas callejeros y narradores urbanos se mezclan con estudiantes, viajeros y curiosos, dando forma a una de las escenas más vibrantes de la capital. 

    El lugar, cargado de simbolismo, ha sido descrito por historiadores como un espacio donde las huellas del pasado indígena muisca, la imposición colonial y las expresiones contemporáneas de arte conviven en permanente tensión.

    Según la versión más difundida, aquí estableció Gonzalo Jiménez de Quesada su primer campamento en 1538, lo que dio origen al mito fundacional de la ciudad. Sin embargo, investigaciones recientes señalan que mucho antes de la llegada de los conquistadores, el territorio, conocido por los muiscas como Thibsaquillo, formaba parte de una red sagrada usada para la observación del cielo y ceremonias rituales.

    El nombre actual del lugar surgió en 1832, cuando el sacerdote agustino Francisco Quevedo instaló una fuente pública para surtir de agua al vecindario. Ese ‘chorro’, destinado originalmente a un fin práctico, terminó convertido en un símbolo urbano y en el punto de partida de la bohemia bogotana. 

    Cafés, bares y arte: la vida que fluye alrededor

    Con el paso de las décadas, los cafés y bares que rodean el Chorro de Quevedo se transformaron en refugios para el pensamiento libre y la experimentación artística. En estos espacios, donde el olor a café se mezcla con la música en vivo, las tertulias improvisadas pueden girar en torno a la política, la poesía o la vida misma. Así, la bohemia del Chorro se ha consolidado como un modo alternativo de habitar la ciudad: desde el arte, la palabra y la colectividad.

    La chicha: un símbolo que resiste

    Entre las tradiciones que han perdurado en el tiempo, la chicha ocupa un lugar central. Esta bebida ancestral, heredada de los pueblos muiscas, se ha mantenido como emblema cultural y atractivo turístico. De acuerdo con datos de la Alcaldía de Bogotá, en el sector del Chorro se consumen más de 600.000 litros de chicha cada fin de semana, una cifra que evidencia su vigencia en la vida popular.

    Puedes leer: La moda bogotana refleja la identidad creativa de la ciudad

    Su preparación sigue un proceso artesanal: el maíz se cocina, se mezcla con piña y se deja fermentar durante tres días. En algunos casos, los productores añaden colorantes o sabores frutales para atraer a los visitantes, especialmente a los extranjeros. Más allá de su sabor, beber chicha en el Chorro es participar de una experiencia que combina historia, identidad y encuentro.

    Un punto de encuentro entre pasado y presente

    Hoy, el Chorro de Quevedo sigue siendo una metáfora viva de Bogotá: diversa, contradictoria, llena de historias que se entrelazan entre el rumor del público y la música que brota en sus esquinas. Es un espacio donde la memoria se reinventa cada noche, y donde lo ancestral y lo contemporáneo dialogan frente a una totuma de chicha, bajo la luz amarilla de los faroles coloniales.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • La evolución de la música electrónica en Bogotá: historia, mujeres y la fusión de lo local con lo global

    La evolución de la música electrónica en Bogotá: historia, mujeres y la fusión de lo local con lo global

    En el nuevo capítulo de La Nevera Sonora se recorrerá todo el universo de la música electrónica en Bogotá: trance, techno, house, guaracha, EBM, UKG, schranz, drum and bass, clubes, raves, fiestas y festivales. Un viaje por los sonidos que han hecho mover a la ciudad, desde los primeros espacios underground hasta los escenarios masivos y la escena internacional. Para Dahiana Rodríguez, periodista y DJ, cada momento tiene su historia y su nombre.

    “Cinema fue un lugar histórico que marcó un antes y un después para la música electrónica en Bogotá. Fueron 20 años en los que la verdadera inclusión se vivió como tenía que ser. Cinema tenía calidad musical y recibía a la gente desde el respeto y el conocimiento. Representaba una columna vertebral de la electrónica en la ciudad”, recuerda Dahiana sobre los primeros espacios donde este género comenzó a ganar fuerza.

    La legitimación cultural de la electrónica en Colombia también está marcada por hitos internacionales. Dahiana destaca, por ejemplo, la influencia de los eventos en Alemania tras la caída del Muro de Berlín y la puesta en escena de Alive de Daft Punk, que cambiaron la manera de presentar la música electrónica.  

    Puedes leer: Este 7 de agosto Cicloviva celebra el cumpleaños de Bogotá – Canal Capital

    “Más allá del género, era la unión lo que representaba la música. La gente, los DJs, el caminar todos en un solo sentir. Solo queríamos bailar, escuchar y estar pendientes del otro”, comenta.

    En una escena históricamente dominada por hombres, el papel de las mujeres ha cobrado fuerza. Dahiana apunta que cada vez hay más productoras y DJs en festivales y residencias. 

    “Tenemos más nombres de chicas siendo productoras y DJS. Amai, Camila La Sala y Pau Calderón son ejemplos que inspiran a otras mujeres a seguir ese camino. Siempre hay una mujer en los horarios de los fines de semana en buenos clubes de electrónica, y eso me da mucha fe y esperanza”.

    La fusión entre lo local y lo global es otro eje clave de la identidad actual de la electrónica colombiana. Artistas como Julio Victoria, Felipe Orjuela y Glad Kazuka combinan sonidos tradicionales latinoamericanos con electrónica, generando un producto exportable y único. 

    “Uno puede escuchar sus tracks en radios internacionales; es fantástico mantener esta identidad y que sigan saliendo proyectos donde se mezcle lo local con la electrónica”, asegura Dahiana.

    Finalmente, la era digital ha transformado la forma de descubrir y compartir música.

    “Antes era difícil encontrar música nueva, ahora está todo en plataformas, podcasts y redes. Puede ser abrumador, pero agradezco que los productores puedan presentar su música sin depender de grandes disqueras. Es un mundo inmenso al que estamos entrando y le tengo fe”, concluye Dahiana Rodríguez.

    La historia de la electrónica en Bogotá es, así, un viaje que combina memoria, inclusión, innovación y la potencia de nuevas generaciones, reafirmando a la ciudad como un referente cultural en América Latina.   

    No se pierda La Nevera Sonora, un nuevo capítulo cada semana. Viernes a las 5:30 p.m. y 9:00 p.m., repeticiones los domingos a las 6:00 p.m. 

  • La moda bogotana es identidad y creatividad en una ciudad que se viste de diversidad

    La moda bogotana es identidad y creatividad en una ciudad que se viste de diversidad

    La moda en Bogotá es mucho más que una tendencia pasajera, es un reflejo de su gente, su historia y su clima. En una ciudad donde el sol, la lluvia y el frío pueden aparecer en un mismo día, la manera de vestir se ha convertido en un ejercicio de adaptación, creatividad y expresión.

    Los bogotanos han aprendido a moverse entre capas, abrigos livianos y accesorios funcionales que les permiten transitar un entorno urbano cambiante. Esta relación entre el clima y la ropa ha moldeado un estilo práctico, versátil y con identidad.

    Del corsé al denim: la evolución del estilo capitalino

    Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, la moda bogotana seguía de cerca los patrones europeos, especialmente los de París y Londres. Las mujeres usaban faldas amplias, corsés y blusas con cuello plisado, mientras los hombres lucían trajes al estilo inglés, con chaleco y saco.

    Con la llegada de los años 20 y 30, Bogotá empezó a experimentar una modernización en su vestuario. Las vitrinas de tiendas por departamentos como La Oriental o Sears mostraban prendas inspiradas en la elegancia inglesa, mientras las mujeres de clase alta se dejaban seducir por vestidos brillantes y los hombres mantenían una imagen conservadora.

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    El siglo XX trajo consigo una serie de transformaciones sociales que también se reflejaron en la ropa. En los años 40 y 50 predominó la silueta ajustada y femenina del estilo francés, aunque episodios como el Bogotazo marcaron un retorno a lo sencillo. En los 60 y 70, la juventud rompió las reglas con jeans de bota campana, blusas sueltas y una moda influenciada por el movimiento hippie.

    Los 80 y 90 fueron décadas de contraste. hombreras, chaquetas de mezclilla, minifaldas y brillos marcaron una estética influenciada por el rock y la televisión. Con el cambio de milenio, la ciudad adoptó un estilo más global e individualista, en el que convivían los pantalones descaderados con prendas unisex y looks urbanos más relajados.

    El clima como diseñador invisible

    A más de 2.600 metros sobre el nivel del mar, Bogotá impone su propio código climático. Las variaciones de temperatura y las lluvias intermitentes han hecho que la funcionalidad sea una regla de oro a la hora de vestir. Por eso, los bogotanos suelen combinar materiales térmicos, chaquetas impermeables y calzado resistente con piezas de diseño que aportan color y estilo.

    Esta relación entre clima y moda ha impulsado una estética urbana en la que lo útil no está reñido con lo bello. El resultado: una ciudad donde el paraguas es tan esencial como una buena chaqueta, y donde cada prenda cuenta una historia de adaptación.

    Sostenibilidad e inclusión

    En los últimos años, Bogotá se ha consolidado como un laboratorio de innovación textil. Diseñadores emergentes, marcas independientes y colectivos creativos han impulsado una transformación hacia una moda más consciente, basada en la sostenibilidad, el reciclaje y el consumo responsable.

    Frente a los impactos de la moda rápida, estos nuevos creadores apuestan por materiales reciclados, procesos éticos y una producción más humana. Además, la inclusión ha ganado espacio en pasarelas y colecciones donde se muestran cuerpos, edades y estilos diversos, rompiendo los antiguos estereotipos de belleza.

    Cuando la moda cuenta historias

    En Bogotá, la moda no se limita a los desfiles. Es también una forma de contar quiénes somos. Diseñadores locales reinterpretan símbolos de las culturas indígenas, afrodescendientes y campesinas, fusionándose con influencias globales. Así, cada prenda se convierte en un testimonio del mestizaje cultural de la capital.

    Las calles bogotanas funcionan como pasarelas espontáneas donde se cruzan estilos, generaciones y narrativas. Desde los textiles andinos hasta las chaquetas urbanas, la moda capitalina demuestra que en esta ciudad vestirse es, al mismo tiempo, protegerse del clima y expresar una identidad múltiple, cambiante y profundamente bogotana.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • Noche de vino y copas

    Noche de vino y copas

     (Superclásico): una historia de segundas oportunidades entre Buenos Aires, vino y fútbol

    La premisa es sencilla y atrapante: Christian, un danés de 40 años, siente que su vida se le desarma por todos lados. Su tienda de vinos no va bien, su rutina se le queda corta y, sobre todo, su matrimonio se rompió: Anna, su esposa, se fue a Buenos Aires, donde ahora trabaja como representante deportiva y vive una vida de lujo al lado de Juan Díaz, una estrella del fútbol vinculada a Boca Juniors. 

    Un viaje con excusa… y con intención real

    Con el pretexto de “cerrar el capítulo” y firmar el divorcio, Christian toma un avión rumbo a Argentina. Pero la verdadera intención es otra: intentar recuperar a Anna. Y no viaja solo: lo acompaña Oscar, su hijo adolescente, que termina siendo pieza clave de este recorrido (y, muchas veces, el que pone los pies en la tierra cuando el plan se sale de control). 

    En Buenos Aires, la historia se mueve entre lo emocional y lo cotidiano: conversaciones pendientes, silencios incómodos, momentos inesperados y ese contraste entre dos mundos que se encuentran —el de Christian y el de la nueva vida de Anna— con el fútbol como telón de fondo. 

    ¿Qué tipo de película es?

    Noche de vino y copas se cuenta en clave de comedia con corazón: un relato de viaje y relaciones, donde el foco está en los vínculos (pareja, padre e hijo) y en cómo una ciudad y un contexto totalmente distinto pueden cambiar la forma de mirar lo que uno quiere… y lo que uno necesita. 

    El elenco y los datos para tener en el radar
    • Dirección: Ole Christian Madsen 
    • Protagonistas: Anders W. Berthelsen (Christian), Paprika Steen (Anna), Sebastián Estevanez (Juan Díaz) 
    • Título original: Superclásico 
    • Duración: 1 h 37 min 

  • La Plaza de Lourdes es el lugar donde conviven fe, barrio y contracultura en el Bogotario

    La Plaza de Lourdes es el lugar donde conviven fe, barrio y contracultura en el Bogotario

    En Chapinero, la Plaza de Lourdes funciona como un espejo de las tensiones y mezclas que definen a Bogotá. A la sombra de una basílica neogótica que domina el paisaje, conviven vendedores informales, artistas callejeros, juventudes contraculturales y fieles que llegan en busca de recogimiento. Allí, lo religioso y lo cotidiano se rozan sin pedir permiso, haciendo de la plaza un escenario vivo de encuentros, disputas y memorias compartidas.

    La historia del lugar está íntimamente ligada a la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de Lourdes, un proyecto que tomó forma a finales del siglo XIX, en medio de un país que redefinía su relación entre el Estado y la Iglesia tras la independencia.

    El impulso vino del arzobispo Vicente Arbeláez, una de las figuras más influyentes del catolicismo colombiano de la época, quien, pese a choques con gobiernos liberales y a dos periodos de exilio, promovió la edificación de un templo inspirado en el neogótico europeo que conoció durante sus viajes. La iniciativa no solo respondía a una motivación espiritual, sino también a una apuesta urbana: dinamizar el crecimiento de Chapinero, entonces percibido como un asentamiento periférico.

    Referente arquitectónico

    El templo se convirtió en un referente arquitectónico del periodo republicano. Su orientación tradicional, la presencia de una plaza frontal y un parque contiguo dialogan con modelos medievales reinterpretados para el contexto colombiano del siglo XIX, cuando se impulsó la construcción de parroquias independientes de las órdenes religiosas. Décadas después, este conjunto urbano terminaría consolidándose como uno de los hitos del norte de la ciudad.

    Puedes leer: Bogotá muisca: nombres y sabores que vienen de lo ancestral

    La plaza, inaugurada en 1886 con el nombre de Parque Rivas, ha sido testigo directo del tránsito de Bogotá hacia la modernidad. Por allí han pasado transformaciones en el uso del espacio público, cambios en las dinámicas barriales y nuevas formas de habitar la ciudad. Esa acumulación de capas históricas explica por qué Lourdes no es solo un punto de paso, sino un lugar cargado de identidad.

    En los últimos años, el sitio también ha ganado protagonismo dentro del turismo religioso en Bogotá. La basílica, declarada basílica menor por el Vaticano en 2016, atrae visitantes que buscan recorrer la ciudad desde una mirada espiritual y patrimonial, integrando la experiencia de fe con la exploración cultural.

    Hoy, la Plaza de Lourdes resume uno de los grandes dilemas urbanos de la capital: cómo preservar el patrimonio sin congelar la vida que lo rodea. A pesar de los retos de conservación y gestión del espacio público, el lugar sigue latiendo gracias a la apropiación ciudadana. Entre campanas, grafitis, rezos y conversaciones cotidianas, Lourdes se mantiene como un nodo donde la memoria y el presente dialogan, recordándole al Bogotario que su historia también se escribe en sus plazas.

  • San Victorino, el mercado que define la moda mayorista en Bogotá

    San Victorino, el mercado que define la moda mayorista en Bogotá

    En el centro de Bogotá, a pocos metros de la Casa de Nariño y la Alcaldía, se encuentra San Victorino, un mercado que ha crecido hasta convertirse en uno de los nodos económicos más relevantes de la capital.

    Sus calles y plazas concentran un ecosistema complejo donde confluyen comerciantes mayoristas, emprendedores, vendedores informales y compradores de todo el país, movilizando cada mes cerca de 200.000 prendas de vestir. Para el sector textil colombiano, San Victorino se ha consolidado como un referente indiscutible: si un producto no pasa por aquí, casi no existe.

    Más que un mercado, San Victorino es un espacio donde la actividad económica se combina con la creatividad y la supervivencia urbana. Los visitantes se enfrentan a un paisaje sensorial intenso: los pregones de los vendedores, el ritmo de los parlantes, los colores y la variedad de mercancía generan una dinámica constante que define la vida del barrio.

    Migrantes internos, emprendedores locales y compradores de distintas regiones se mezclan en un movimiento diario que refleja tanto las oportunidades como los retos del comercio informal. Desde jugos de frutas frescas hasta ropa y artículos electrónicos, cada oferta es parte de un entramado económico que sostiene a miles de familias.

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    Uno de los eventos más característicos del mercado es El Madrugón, un ritual que comienza antes del amanecer y reúne a miles de personas con un propósito común: abastecerse de ropa al mejor precio. Este fenómeno ilustra la estructura del comercio mayorista informal en Bogotá, articulando redes de distribución que abastecen a revendedores y comerciantes en todo el país. El Madrugón, además, refleja cómo la economía de rebusque se organiza en torno a la eficiencia y la oportunidad, convirtiéndose en un espacio donde la planificación y la improvisación conviven en equilibrio.

    A pesar de su arraigo y dinamismo, San Victorino enfrenta retos significativos ante el crecimiento del comercio digital. La expansión del e-commerce exige nuevas estrategias a los comerciantes tradicionales, quienes deben adaptarse a un mercado cada vez más conectado sin perder su esencia como epicentro de la economía popular. La evolución de este barrio muestra cómo tradición y modernidad conviven en la capital, mientras miles de personas continúan construyendo su sustento en medio del caos y la creatividad.

    San Victorino no es solo un mercado, es un espejo de Bogotá, un espacio donde se cruzan historia, economía y vida cotidiana, y donde cada transacción, pregón y movimiento contribuye a la narrativa de una ciudad en constante transformación.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.