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Presencias, sonidos y ecos: la apuesta artística de la Universidad Nacional que convierte la música en memoria viva

La Universidad Nacional de Colombia impulsa Presencias, sonidos y ecos, un programa artístico que une música contemporánea, memoria, ritualidad y reparación simbólica desde las voces de las mujeres, las comunidades y las espiritualidades.

Presencias, sonidos y ecos

En un momento en el que buena parte del consumo cultural ocurre desde la velocidad de las pantallas y la inmediatez digital, la Universidad Nacional de Colombia apuesta por detener el tiempo y volver a la escucha.

Lo hace a través de Presencias, sonidos y ecos, un programa artístico y curatorial que entiende la música no solo como un lenguaje estético, sino también como una herramienta de memoria, transformación y reparación colectiva.

La iniciativa, liderada por María Belén Sáez de Ibarra, directora de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional y directora artística del proyecto, recoge más de dos décadas de investigación, creación y trabajo con comunidades, artistas y autoridades espirituales en distintos territorios del país. El resultado es una programación que desborda los límites tradicionales de la música académica y propone una experiencia profundamente política, espiritual y sensorial.

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Más que un ciclo de conciertos, Presencias, sonidos y ecos se plantea como una experiencia de tránsito colectivo. Un espacio donde la memoria histórica dialoga con la música contemporánea, las tradiciones populares, los rituales y las búsquedas artísticas del presente.

Foto: Nicolás Romero

Una programación construida desde la memoria y la transformación

El origen del programa está atravesado por una pregunta constante sobre la memoria y la manera en que las sociedades elaboran el dolor, la violencia y la posibilidad de reconstruirse.

Sáez de Ibarra explica que el proyecto nace de “20 años de trabajo alrededor de la memoria”, aprendiendo de artistas, comunidades y autoridades espirituales, especialmente en territorios de selva y en contextos donde la memoria no se entiende únicamente desde los archivos o los discursos institucionales, sino desde la experiencia viva.

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La propuesta también conecta memorias locales con referentes universales. Hiroshima, por ejemplo, aparece como uno de los hitos que dialogan con el programa, entendiendo la reparación simbólica como una necesidad humana que atraviesa geografías y generaciones.

Presencias, sonidos y ecos plantea que el arte puede convertirse en un acto de cuidado colectivo. En palabras de la directora artística, “la reparación simbólica es parte del amor que le podemos ofrecer a las víctimas”. Sin embargo, la programación no se queda únicamente en la conmemoración del dolor. También propone un recorrido hacia la alegría, la resistencia espiritual y la posibilidad de reconstrucción desde la experiencia artística.

A lo largo de la curaduría, la música aparece como una forma de transformación interior. Las obras seleccionadas dialogan con rituales de vida y muerte, celebraciones, espiritualidades y procesos de resistencia cultural. Todo esto desde una perspectiva que rechaza las identidades fijas y cerradas.

“Nosotros somos anti identitarios porque somos hijos de la escuela post-espinosiana”, afirma Sáez de Ibarra en uno de los momentos más contundentes de su reflexión sobre el programa. La directora sostiene que las culturas y las memorias están en permanente transformación y que el arte debe permitir precisamente esa movilidad: el contagio, el viaje, el sincretismo y la posibilidad de convertirse en otra cosa.

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Esa idea atraviesa toda la construcción curatorial del proyecto. La programación no busca encerrar las músicas en categorías rígidas entre lo académico y lo popular, ni entre lo ancestral y lo contemporáneo. Por el contrario, propone una convivencia entre distintos lenguajes sonoros y distintas formas de entender la creación.

Las mujeres como eje de la curaduría musical

Uno de los aspectos más significativos de Presencias, sonidos y ecos es la centralidad de las compositoras mujeres dentro de la programación. La selección de obras y referentes artísticos se construye desde creadoras que han trabajado temas relacionados con la memoria, las espiritualidades, las tradiciones populares y las tensiones sociales contemporáneas.

Foto: Nicolás Romero

Entre las compositoras que atraviesan la curaduría aparecen nombres como Tania León, Gabriela Ortiz, Sofia Gubaidulina y Carolina Noguera Palau. Sus obras funcionan como puntos de referencia para pensar las relaciones entre música sinfónica, ritualidad, memoria colectiva y creación contemporánea.

En el caso de Gabriela Ortiz, por ejemplo, la directora destaca la manera en que la compositora integra el arte popular, las espiritualidades y los lenguajes sinfónicos tradicionales, vinculándolos con temas sociales y políticos. La programación encuentra allí una manera de comprender la música contemporánea no como un espacio distante o elitista, sino como una herramienta conectada con la experiencia humana y las realidades colectivas.

La apuesta también implica una toma de posición frente a la historia de los grandes escenarios musicales. Sáez de Ibarra señala que el proyecto marca un cambio importante dentro del Auditorio León de Greiff, espacio emblemático de la Universidad Nacional y uno de los escenarios más importantes de la música académica en el país.

“Estamos tocando por primera vez en el León de Greiff después de 50 años de la Filarmónica tocada solo hombres”, afirma la directora. Más que una cifra simbólica, la frase resume una intención curatorial que busca cuestionar las jerarquías históricas de la programación musical y abrir espacio a otras voces dentro del repertorio contemporáneo.

La presencia mayoritaria de compositoras no es casual. Hace parte de una búsqueda consciente por reconocer a las mujeres como guías dentro de los procesos de memoria y reparación. “Las mujeres son las que nos tienen que enseñar a ser memoria”, sostiene Sáez de Ibarra.

Música contemporánea para pensar el presente

Otro de los rasgos distintivos del programa es su apuesta decidida por la creación contemporánea. Más del 60 % de las obras programadas corresponden a composiciones del siglo XXI y muchas de ellas fueron creadas durante la última década. Además, una parte importante del repertorio ha sido comisionada especialmente para el proyecto.

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Esa decisión responde a una idea clara: la memoria no puede construirse únicamente desde el pasado. También necesita dialogar con el presente y con las preguntas de la actualidad.

Para la directora artística, el tiempo contemporáneo es el lugar donde ocurre la conciencia política y la transformación colectiva. Por eso el programa se concentra en músicas de hoy, en compositores vivos y en obras capaces de dialogar con las tensiones del presente.

El arte como espacio de encuentro colectivo

La construcción de esta propuesta ha implicado años de investigación y experimentación desde distintos espacios culturales de la Universidad Nacional, entre ellos el museo de arte, el Claustro de San Agustín y el propio Auditorio León de Greiff. Según Sáez de Ibarra, el proyecto recoge aprendizajes acumulados durante dos décadas de trabajo transdisciplinar alrededor del arte y la memoria.

El reto, sin embargo, no ha sido únicamente artístico. También ha significado articular instituciones, gestionar recursos y construir consensos dentro del sector musical colombiano. Uno de los desafíos más importantes, explica la directora, ha sido integrar a la Orquesta Filarmónica de Bogotá dentro de esta visión artística y de memoria colectiva.

Aun así, la apuesta del programa se mantiene ambiciosa. “Jamás por debajo de las expectativas de un sueño para Colombia y para el mundo”, afirma Sáez de Ibarra al referirse al alcance que esperan construir desde este proyecto.

En medio de un ecosistema cultural marcado por la rapidez y el consumo fragmentado, Presencias, sonidos y ecos propone volver al encuentro presencial y a la escucha compartida. Para sus creadores, la música sigue teniendo la capacidad de reunir cuerpos, construir comunidad y producir experiencias colectivas de transformación.

“La música en estos lugares es donde la comunidad se construye”, dice la directora al referirse al papel del espacio público y de los escenarios culturales. En esa idea se resume gran parte de la esencia del programa: entender la escucha como un acto colectivo y la música como una forma de volver a mirarse, recordarse y reconstruirse juntos.

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