Héctor Mora, una vida escuchando Bogotá entre canciones y Rock al Parque

Héctor Mora ha recorrido tres décadas de música en Bogotá entre discos, radio, conciertos y Rock al Parque, aprendiendo a escuchar una ciudad que cambia.

Héctor Mora, periodista y melómano, recuerda su recorrido por la música de Bogotá y su relación con Rock al Parque durante tres décadas.

Hay personas que recuerdan una ciudad por sus calles, sus edificios o sus fechas. Héctor Mora la recuerda también por sus canciones. Por los sonidos que aparecían en un barrio, por las bandas que ensayaban en una universidad, por los conciertos que ocurrían en casas desocupadas y por los volantes que pasaban de mano en mano cuando todavía no existían las redes sociales.

Su relación con la música comenzó mucho antes de que Rock al Parque hiciera parte de su vida profesional. Como melómano, periodista, realizador, productor y programador, Mora ha construido durante décadas una memoria sonora de Bogotá. Su recorrido también lo llevó a trabajar en radio y televisión, a viajar por distintos territorios y a acercarse a escenas musicales que alimentaron una escucha que hoy combina experiencia, curiosidad e intuición.

Antes de los escenarios masivos, estaban las casas y los volantes

Para entender la mirada de Mora hay que regresar a mediados de los años 90, cuando Bogotá atravesaba un momento de inquietud creativa y el rock todavía encontraba buena parte de sus caminos por fuera de los circuitos más visibles.

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La escena era más pequeña, pero no necesariamente menos intensa. Había bandas, músicos y públicos construyendo espacios con lo que tenían a la mano. Una casa desocupada podía convertirse en sala de conciertos durante una noche y una tienda de discos podía ser el punto donde un afiche encontraba al público que necesitaba.

“Era una época donde las bandas querían hacer cosas muy diversas en cuanto a propuestas”, recuerda Mora.

La diferencia también estaba en la manera de circular la música. Sin internet ni teléfonos inteligentes, la información viajaba en papel. Los afiches aparecían en las paredes, los volantes pasaban de mano en mano y las tiendas de discos se convertían en pequeñas centrales de información para una escena que todavía tenía mucho de autogestión.

En ese paisaje comenzó a tomar forma una Bogotá musical que Mora observaba con la curiosidad de quien no solamente escucha canciones, sino que intenta entender de dónde vienen, quién las está haciendo y qué está ocurriendo alrededor de ellas.

Una ciudad que empezó a escucharse a sí misma

Rock al Parque fue uno de los lugares donde esas escenas pudieron encontrarse. El festival no solamente puso bandas sobre un escenario: también permitió que distintos públicos descubrieran que aquello que ocurría en barrios, universidades y pequeños circuitos formaba parte de una misma ciudad.

Mora recuerda especialmente esa diversidad. Había diferencias de sonidos, de estéticas, de generaciones y de localidades. También había personas que llegaban al festival sin entender del todo quiénes eran esos jóvenes vestidos de negro, con crestas, taches o rastas que empezaban a ocupar un espacio visible dentro de Bogotá.

“Al principio fue muy difícil para mucha gente entender de dónde están saliendo tanto raros en esta ciudad”, dice.

Con el tiempo, esa diferencia dejó de ser una rareza para convertirse en una de las mayores riquezas del festival. Rock al Parque ayudó a mostrar que Bogotá no tenía una sola manera de sonar y que detrás de cada agrupación existían territorios, historias y comunidades.

Incluso la transformación de la movilidad de la ciudad terminó influyendo en la escena. En los primeros años, muchas bandas estaban profundamente relacionadas con sus barrios porque allí podían ensayar, encontrarse y construir sus proyectos. Con nuevas posibilidades de desplazamiento, músicos de distintas localidades comenzaron a cruzarse con mayor facilidad.

Así, el festival terminó siendo también una especie de mapa musical de Bogotá: un lugar donde las diferentes ciudades que existen dentro de la ciudad podían encontrarse.

Aprender a escuchar también es aprender a viajar

La historia musical de Mora no se limita al festival. Su experiencia profesional en radio y televisión, su cercanía con proyectos culturales y sus viajes por distintos territorios fueron ampliando el archivo de sonidos con el que escucha.

En su recorrido también hubo discos buscados en otros lugares, bandas descubiertas a través de la radio, conciertos, conversaciones y años de estar atento a lo que ocurría alrededor de la música. Esa experiencia terminó convirtiéndose en una especie de oído entrenado que hoy le permite acercarse a una propuesta desde diferentes lugares: lo que suena, lo que dice, quién la sostiene y cómo se relaciona con su público.

Y quizás por haber escuchado tanto, hoy Mora encuentra especial valor en algo que parece sencillo: una canción que sabe exactamente qué quiere decir.

“La simplicidad es de lo que más me atrae hoy en día”, afirma.

No habla de simplificar la música ni de tocar menos. Habla de claridad. De una letra que tenga peso, de un sonido compacto, de una interpretación que conserve algo humano. Incluso de esas pequeñas imperfecciones que pueden aparecer en una grabación y que, lejos de arruinarla, terminan dándole carácter.

Tres décadas después, el oído sigue buscando sorpresas

Cuando una persona ha escuchado tantas bandas durante tantos años, sorprenderla se vuelve más difícil. Mora lo reconoce. La exposición constante puede generar cierta distancia frente a algunas propuestas, pero también permite desarrollar una mirada más precisa sobre aquello que todavía consigue emocionar.

Esa experiencia es la que hoy lleva a su trabajo como programador y curador de Rock al Parque. Su recorrido profesional incluye más de dos décadas vinculado a la programación y producción musical, además de diferentes experiencias en festivales y proyectos culturales.

Una banda puede tener una comunidad enorme fuera de las plataformas más populares. Otra puede tener una trayectoria de décadas y un público que todavía prefiere escuchar sus discos físicos. Una agrupación puede moverse en circuitos independientes y tener pocas métricas, pero una conexión profunda con quienes siguen su música.

“Hoy en día una banda tiene que tener una presencia digital activa”, explica Mora, aunque inmediatamente matiza esa idea: los datos deben leerse dentro del contexto de cada escena y de cada artista.

Por eso, su selección musical combina información e intuición. Hay datos, escucha, experiencia, conocimiento de la industria nacional e internacional y una atención permanente a lo que están haciendo los músicos. Pero también existe algo menos medible: la capacidad de sentir cuándo una propuesta tiene algo que decir.

Pero, después de todo ese recorrido, la pregunta parece seguir siendo la misma que acompañaba a aquel melómano que escuchaba rock colombiano antes de que internet cambiara las reglas: ¿qué tiene esta música que todavía consigue hacer que una ciudad se detenga a escuchar?

Y para Mora, la respuesta puede estar justamente en aquello que no siempre se puede medir: una canción honesta, una banda que se arriesga y ese instante en que, entre miles de personas, una ciudad reconoce algo de sí misma en una canción.

*Foto: Nicolás Romero

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