El Bogotario guarda entre su concreto y su bullicio la memoria viva de los muiscas, pueblo indígena que habitó el Altiplano Cundiboyacense mucho antes de la llegada de los españoles.
Esta herencia se refleja tanto en la toponimia de la ciudad como en su cocina. Desde barrios, cerros y quebradas hasta los sabores del maíz, la papa y la quinua, la impronta indígena permanece en la vida cotidiana.
¿De dónde proviene el nombre de Bogotá?
El nombre de Bogotá, por ejemplo, proviene de Bacatá, que en lengua muisca significa ‘cercado fuera de la labranza’ o ‘cercado del sembrado’. Era el territorio de uno de los principales señoríos muiscas, gobernado por el zipa. Cuando los españoles llegaron en el siglo XVI, transformaron el vocablo en Bogotá, marcando el inicio de un proceso de adaptación cultural que, sin embargo, conservó la raíz ancestral.
El idioma muisca, perteneciente a la familia Chibcha, sufrió siglos de represión durante la Conquista y casi desapareció, pero algunas de sus palabras han perdurado en el español cotidiano.
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Términos como chimba (algo bueno o agradable), compa (compañero) o achantarse (desanimarse) son ejemplos de cómo este legado lingüístico sigue vivo. Otros vocablos, como chichi (hijo de la divinidad) o guaricha (princesa sagrada), conservan un significado más simbólico, recordando la riqueza cultural de los muiscas.
Hoy, gracias a esfuerzos de los cabildos indígenas, se impulsa el rescate y la resignificación de esta lengua, que no solo abre una ventana al pasado, sino que también invita a los bogotanos a reconocer que muchos de los términos que usamos cada día son testigos de un mundo ancestral.
Más allá de las palabras, la herencia muisca también se aprecia en la cocina. Prácticas de cultivo, preparación de alimentos y el uso de productos como maíz, papa y quinua son herencias que continúan nutriendo la identidad culinaria del Bogotario, recordando que, bajo el concreto de la ciudad, laten raíces profundas de historia y cultura.
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