En Chapinero, la Plaza de Lourdes funciona como un espejo de las tensiones y mezclas que definen a Bogotá. A la sombra de una basílica neogótica que domina el paisaje, conviven vendedores informales, artistas callejeros, juventudes contraculturales y fieles que llegan en busca de recogimiento. Allí, lo religioso y lo cotidiano se rozan sin pedir permiso, haciendo de la plaza un escenario vivo de encuentros, disputas y memorias compartidas.
La historia del lugar está íntimamente ligada a la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de Lourdes, un proyecto que tomó forma a finales del siglo XIX, en medio de un país que redefinía su relación entre el Estado y la Iglesia tras la independencia.
El impulso vino del arzobispo Vicente Arbeláez, una de las figuras más influyentes del catolicismo colombiano de la época, quien, pese a choques con gobiernos liberales y a dos periodos de exilio, promovió la edificación de un templo inspirado en el neogótico europeo que conoció durante sus viajes. La iniciativa no solo respondía a una motivación espiritual, sino también a una apuesta urbana: dinamizar el crecimiento de Chapinero, entonces percibido como un asentamiento periférico.
Referente arquitectónico
El templo se convirtió en un referente arquitectónico del periodo republicano. Su orientación tradicional, la presencia de una plaza frontal y un parque contiguo dialogan con modelos medievales reinterpretados para el contexto colombiano del siglo XIX, cuando se impulsó la construcción de parroquias independientes de las órdenes religiosas. Décadas después, este conjunto urbano terminaría consolidándose como uno de los hitos del norte de la ciudad.
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La plaza, inaugurada en 1886 con el nombre de Parque Rivas, ha sido testigo directo del tránsito de Bogotá hacia la modernidad. Por allí han pasado transformaciones en el uso del espacio público, cambios en las dinámicas barriales y nuevas formas de habitar la ciudad. Esa acumulación de capas históricas explica por qué Lourdes no es solo un punto de paso, sino un lugar cargado de identidad.
En los últimos años, el sitio también ha ganado protagonismo dentro del turismo religioso en Bogotá. La basílica, declarada basílica menor por el Vaticano en 2016, atrae visitantes que buscan recorrer la ciudad desde una mirada espiritual y patrimonial, integrando la experiencia de fe con la exploración cultural.
Hoy, la Plaza de Lourdes resume uno de los grandes dilemas urbanos de la capital: cómo preservar el patrimonio sin congelar la vida que lo rodea. A pesar de los retos de conservación y gestión del espacio público, el lugar sigue latiendo gracias a la apropiación ciudadana. Entre campanas, grafitis, rezos y conversaciones cotidianas, Lourdes se mantiene como un nodo donde la memoria y el presente dialogan, recordándole al Bogotario que su historia también se escribe en sus plazas.

