En la plaza del 7 de Agosto, los días comienzan antes del amanecer. Cocineras como María Castañeda y Rosalba Cañón encienden fogones, preparan caldos y guisos, y llevan décadas alimentando a quienes buscan más que un plato, una experiencia que sabe a memoria y barrio.
El sudado sigue siendo el rey de la mesa, y la papa, su corazón indiscutible, conecta el sabor de la ciudad con los campos de Cundinamarca.
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Raíces que se saborean
Este barrio, fundado a inicios del siglo XX, creció con campesinos e indígenas desplazados que llegaron atraídos por la labor en industrias fundadas por inmigrantes judíos. Los potreros se transformaron en La Rotonda, un mercado itinerante rodeado de casetas y graneros donde cada producto tenía su propio ritmo y su historia. Con el tiempo, la plaza se convirtió en un cruce de caminos y de sabores, un lugar donde Bogotá se reconoce en cada gesto de los vendedores.
Cocina que se reinventa
Hoy la plaza combina tradición y modernidad. Hay quienes atraen clientes con menús adaptados a las redes y quienes mantienen el corrientazo diario, simple y sabroso. Cada plato es un puente entre generaciones, un diálogo entre lo antiguo y lo nuevo, donde los sabores conservan su fuerza y su historia.

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El juego del sabor
En este escenario, Carolina Cuerva desafía a las cocineras a cambiar un ingrediente del sudado por otro inesperado. La receta se reinventa, pero la esencia permanece y la plaza sigue siendo un refugio de historias, aromas y memorias que se comparten en cada bocado.

