¿Por qué algunas calles de Bogotá tienen nombres de países, ciudades y personajes?

Bogotá conserva en sus calles una memoria que va mucho más allá de los números: nombres de oficios, leyendas, personajes, accidentes del terreno, ciudades y territorios todavía sobreviven en el Centro Histórico.

Las historias detrás de los nombres de las calles de Bogotá

Caminar por las calles más antiguas de Bogotá es recorrer una ciudad que ya no existe. Basta levantar la mirada para encontrar nombres que parecen pertenecer a otro tiempo: Calle de la Fatiga, Calle del Embudo, Calle de las Culebras, Calle del Pecado Mortal, Calle de los Herreros, Calle del Silencio o Cara de Perro. Hoy pueden parecer curiosos, pero alguna vez fueron referencias cotidianas para quienes vivían en Santa Fe.

Antes de que Bogotá se organizara mediante calles y carreras numeradas, sus habitantes necesitaban otras formas de orientarse. Una vía podía recibir el nombre de una iglesia, un oficio, una fuente de agua, una característica del terreno o una historia que circulaba entre los vecinos. El nombre no era solamente una dirección: describía el lugar y ayudaba a construir una memoria colectiva.

El Archivo de Bogotá explica que hasta el siglo XVII las calles no tenían una nomenclatura oficial y eran reconocidas precisamente por esas características. Aparecían nombres como la calle del Árbol, la del Silencio, la de las Brujas, la del Panadero o la de la Agonía. En 1774, el virrey Manuel Guirior ordenó poner nombres a las calles y números a las casas, aunque durante décadas convivieron las denominaciones oficiales con los nombres utilizados popularmente.

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Así comenzó a formarse un mapa que, más que un plano, parecía un relato de la ciudad.

La Calle de la Fatiga, cuando una pendiente terminó bautizando una calle

Hay nombres que no necesitan una gran leyenda. Basta caminar por el lugar para entenderlos.

La Calle de la Fatiga, correspondiente a la actual calle 10 en el sector cercano a la carrera 4, recibió su nombre por la pendiente que hacía especialmente exigente recorrerla. Quien emprendía el ascenso entendía rápidamente por qué los habitantes la identificaban de esa manera.

La Calle de la Fatiga
Foto: Alcaldía de Bogotá

Pero esta calle también conserva una historia relacionada con el agua. Parte de su recorrido estuvo vinculado con Aguanueva, sistema que durante el periodo colonial conducía aguas del río San Francisco hacia la Plaza Mayor. Una vía que hoy hace parte del recorrido por el Centro Histórico fue, entonces, parte de una infraestructura fundamental para la antigua Santa Fe.

El nombre resume una de las características de aquella nomenclatura: la ciudad podía bautizar un lugar simplemente por aquello que sus habitantes experimentaban al recorrerlo.

La Calle del Embudo, donde Bogotá dejó de parecer una cuadrícula

Hay lugares que parecen resistirse a la geometría. Uno de ellos es la Calle del Embudo, en el entorno del Chorro de Quevedo.

Su nombre está relacionado con la forma particular de la vía. Sus aceras forman un ángulo agudo y el espacio se estrecha en uno de sus extremos, produciendo la apariencia de un embudo.

La Calle del Embudo
Foto: Visit Bogotá

Pero la forma de esta calle también habla de cómo creció Bogotá. Mientras buena parte de la ciudad colonial fue organizada bajo una cuadrícula, en este sector la topografía y los caminos anteriores al trazado español dieron lugar a calles más irregulares. El Embudo es, en cierta forma, el resultado de una ciudad que intentó ordenarse sobre un terreno que no siempre se dejó ordenar.

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Hoy el callejón es uno de los espacios más reconocibles del entorno del Chorro de Quevedo y conserva parte de la memoria urbana de la época colonial y republicana.

La Calle de las Culebras, cuando la naturaleza también puso nombres

La antigua Bogotá tenía una relación mucho más directa con el agua y el paisaje natural. Quebradas y riachuelos atravesaban sectores que posteriormente fueron canalizados o incorporados a la trama urbana.

La Calle de las Culebras
Foto: Alcaldía de Bogotá

Entre las carreras 5 y 7 existió la Calle de las Culebras. Según la historia conservada por el Distrito, su nombre estaba relacionado con los riachuelos cercanos y con las serpientes que habitaban esos cursos de agua y que, de acuerdo con la tradición, llegaban incluso a las viviendas de los alrededores.

El nombre funciona como una pequeña fotografía de aquel paisaje desaparecido. Antes de que Bogotá cubriera buena parte de sus aguas y transformara su entorno natural, los animales también formaban parte de la experiencia cotidiana de la ciudad.

Cara de Perro, una calle donde también caminaban los espantos

Entre los nombres más particulares aparece Cara de Perro, una antigua denominación que, según el Archivo de Bogotá, surgió de un espanto de la tradición popular.

La calle estaba en el sector de la actual calle 15, entre carreras 2 y 3, de acuerdo con investigaciones que han rastreado documentos históricos y nomenclaturas antiguas. La tradición tiene distintas versiones: una de las más conocidas habla de un perro negro sin cabeza que aparecía durante la noche; otras describen una criatura con cuerpo humano y rostro de perro. 

Cara de Perro
Foto: Bogo Bike Tours

Más allá de las variantes de la leyenda, el nombre quedó documentado y formó parte del lenguaje cotidiano de los habitantes. Pero no sobrevivió a los cambios de nomenclatura. En 1849, la calle pasó a llamarse Carrera de Chiriquí, dentro de una reorganización que comenzó a sustituir muchos nombres tradicionales por referencias vinculadas con la nueva geografía política y la gesta independentista. 

El Pecado Mortal, las historias que recorrían Bogotá después del anochecer

La antigua Calle del Pecado Mortal, en el sector de la calle 21 entre las carreras 1y 3, recibió su nombre de un personaje que recorría Santa Fe durante la noche.

Según el Distrito, llevaba una capa larga y un sombrero, una linterna y una campanilla. Caminaba por las calles pidiendo limosna para quienes estaban en pecado mortal.

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La historia muestra una ciudad en la que la noche tenía sus propios personajes, sonidos y temores. Una figura que recorría las calles podía terminar dejando su huella en el mapa, de la misma manera que una iglesia, un oficio o una fuente de agua.

La Calle de los Amigos, cuando una esquina se convirtió en punto de encuentro

En el Centro Histórico también hubo calles cuyos nombres surgieron de las costumbres de quienes las recorrían. Es el caso de la Calle de los Amigos, una denominación que la tradición relaciona con un antiguo punto de encuentro de los habitantes de Santa Fe.

Según esta versión, un reloj ubicado en el sector servía como referencia para quienes necesitaban encontrarse y no tenían uno propio. Mientras esperaban, las personas conversaban y se reunían alrededor del lugar, hasta que la costumbre habría terminado dándole nombre a la calle.

Calle de los Amigos
Foto: Alcaldía de Bogotá

Más que señalar un oficio o una característica física, el nombre conservaba así una escena de la vida cotidiana: personas que llegaban a un mismo punto, esperaban, conversaban y convertían ese lugar en una referencia dentro de la ciudad.

Ese tipo de denominaciones permite entender que la antigua nomenclatura de Bogotá también podía construirse desde las relaciones entre sus habitantes. Antes de que las calles fueran identificadas principalmente por números, la memoria de quienes las transitaban también ayudaba a ponerles nombre.

De las calles de las Brujas a Caracas, Chile y Quito

Pero los nombres curiosos no desaparecieron simplemente para dar paso a los números. Bogotá también comenzó a incorporar al mapa referencias geográficas y políticas que todavía permanecen.

La Avenida Caracas recibió oficialmente ese nombre en 1932 como homenaje a los libertadores y próceres venezolanos. La Avenida Ciudad de Quito fue establecida en 1956 como homenaje a la capital ecuatoriana, mientras que la Avenida Chile quedó incorporada a la nomenclatura bogotana como expresión de los vínculos entre Bogotá y Santiago de Chile.

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Son nombres que cuentan otro tipo de historia. Ya no hablan de una pendiente, una fuente, un oficio o un espanto, sino de las relaciones de Bogotá con otras ciudades, países y territorios.

El mapa urbano comenzó así a convertirse también en un mapa de la memoria política y geográfica.

Un mapa hecho de recuerdos

Quizás por eso las placas antiguas de La Candelaria resultan tan particulares. Junto a los números que permiten localizar una dirección en la ciudad moderna todavía aparecen palabras pertenecientes a otra Bogotá.

El Instituto Distrital de Patrimonio Cultural ha señalado que las calles permiten observar la convivencia entre las toponimias oficiales y las formas populares de nombrar la ciudad. Algunas vías terminaron teniendo, en la práctica, dos identidades: una hecha de números y otra construida por la memoria.

Por eso, cuando una placa dice Calle de la Fatiga, Calle del Embudo, Calle de las Culebras o Cara de Perro, Bogotá no solo está señalando un lugar.

Está recordando que alguna vez sus calles también tuvieron voz.

*Foto: Alcaldía de Bogotá

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