En 1867, en Varsovia, capital de Polonia, nació una niña llamada Marie Sklodowska, una chica que se convirtió en el referente para muchas personas que hoy siguen sus pasos y su legado.
Marie siempre estuvo rodeada de personas a quienes les apasionaba el conocimiento: su padre era profesor de física y matemáticas y su madre fue institutriz, también amaba enseñar. En casa, los libros eran compañía y las conversaciones en familia giraban en torno a ideas, experimentos y preguntas. Su madre siempre le dejó clara la importancia de la educación, aunque su muerte, cuando Marie tenía 10 años, dejó una herida en la familia. El duelo fue una experiencia que despertó en Marie muchas cosas; se volvió más silenciosa, más observadora y muy perseverante.
Marie tenía una memoria extraordinaria y una capacidad poco habitual para concentrarse durante horas. Sin embargo, en la Polonia de su época, ese talento no tenía un camino claro. Las universidades estaban cerradas para las mujeres, y la educación superior sólo estaba permitida para los hombres, pero lejos de resignarse, Marie participó en redes clandestinas de estudio donde jóvenes aprendían a escondidas.
Para poder continuar su formación, Marie tomó una decisión: trabajar durante años como institutriz, así como su madre; pero vivía lejos de su familia. Allí cuidaba niños y daba clases, mientras por las noches estudiaba sola. Cada peso que ahorraba tenía un objetivo claro: París; sabía que allí existían universidades donde las mujeres podían estudiar ciencia y esa meta se convirtió en el motor de su vida.
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El inicio de la vida académica que le cambió la vida a Marie Curie
En 1891, Marie llegó a París, una ciudad que la deslumbró desde el primer minuto. Se matriculó en la Universidad de la Sorbona, uno de los centros científicos más prestigiosos de Europa. Allí, se encontró con un mundo exigente y competitivo, las clases eran difíciles, el ritmo intenso y había mucha presión, eso sí, para ella estudiar en la Sorbona no era solo una oportunidad académica, era la confirmación de que su esfuerzo había valido la pena.
Marie se entregó por completo a sus estudios de física y matemáticas, pasaba largas horas en bibliotecas y laboratorios, tomando apuntes y resolviendo problemas. Fue en ese ambiente académico donde Marie conoció a Pierre Curie, un científico con quien compartía una visión de la ciencia. Juntos comenzaron a intercambiar ideas y cuando Marie estaba buscando un tema para su tesis doctoral, un fenómeno recién descubierto captó su atención: ciertos materiales emitían una radiación invisible, lo que era inexplicable para la ciencia de la época.
Marie decidió investigar este misterio y luego descubrió que esa radiación no dependía de reacciones químicas ni de cambios externos, sino del interior mismo de los átomos. Este hallazgo fue revolucionario, pues por primera vez se demostraba que el átomo no era una estructura fija, sino una fuente de energía.
Marie llamó a este fenómeno radiactividad y a partir de ese momento, su trabajo se volvió aún más ambicioso. Al analizar un mineral llamado uraninita, observó que emitía más radiación de la esperada, esto la llevó a pensar que el mineral contenía elementos desconocidos. Junto a Pierre estudiaron con mucho juicio este material, sin saber que la radiación era peligrosa, sin embargo, toda esta investigación llevó a que ambos recibieran el Premio Nobel de Física en 1903.
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Pero Marie no paró ahí, tras años de esfuerzo logró aislar dos nuevos elementos: el polonio, llamado así en honor a su tierra natal, y el radio. Este último se convirtió en uno de los descubrimientos más importantes de la ciencia, de hecho gracias a esto, en 1911, ganó su segundo Premio Nobel, esta vez en Química. Y es que no era para menos, se encontró que el radio tenía la capacidad de afectar tejidos vivos y Marie comprendió que esta propiedad podía tener aplicaciones médicas, especialmente en el tratamiento de enfermedades como el cáncer.
Con el tiempo, la radiactividad permitió el desarrollo de técnicas como la radioterapia, que hoy salva millones de vidas, pero no solo en el presente, ya que durante la Primera Guerra Mundial, Marie aplicó sus conocimientos para ayudar a los heridos, creando unidades móviles de rayos X. Pero el precio fue alto: Marie trabajó durante años sin protección, expuesta constantemente a la radiación y su salud se fue debilitando lentamente y murió en 1934 por una enfermedad causada por la exposición prolongada a la radiación.
Hoy, Marie Curie es recordada no solo por sus descubrimientos, sino por su valentía. Fue una mujer que desafió su época, que convirtió la curiosidad en conocimiento, que marcó la historia de la ciencia, pero también la historia de las mujeres, pues abrió caminos e inspiró, y por eso hoy estamos seguros que su legado, tanto científico como de resiliencia, seguirán vigentes de generación tras generación. ¡Gracias, Marie Sklodowska por ser una niña inquieta y soñadora!
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