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Aunque sientas miedo: conoce las claves para prevenir el abuso sexual

El miedo puede proteger, pero cuando alguien lo usa para silenciar a un niño se convierte en control.

Cómo enseñar a niñas y niños a pedir ayuda incluso cuando sienten miedo

Enseñarles a hablar incluso cuando lo sienten es clave, y requiere adultos que acompañen con calma y sin amenazas.

Escrito por: Eduardo Ordóñez, cofundador de la Fundación Tita de Visita y asesor pedagógico de Un río de preguntas.

El miedo aparece sin anunciarse: un cuerpo que se encoge, una respiración que se acelera, una sensación de alerta que llega antes de que el pensamiento entienda qué está pasando. Es una emoción profundamente humana y necesaria. Pero cuando otro la provoca para intimidar, amenazar o callar, deja de proteger y se convierte en un instrumento de control. Y esa distorsión —ese miedo que no nace de la intuición, sino de la manipulación— es una de las estrategias más usadas para silenciar a niñas y niños.

Según el informe ¿Cómo va Bogotá en Violencia y Explotación Sexual Infantil?, presentado en el Concejo de Bogotá, cada treinta minutos un niño o una niña es reportada como posible víctima de violencia o explotación sexual. Esta cifra por sí sola es abrumadora, sin embargo, los casos no reportados, es decir, las cifras negras, impiden ver la magnitud real del problema que enfrentamos, así lo señala el informe Violence Against Children in Latin America and the Caribbean (UNICEF & Pan American Health Organization, 2021). Muchos de esos casos permanecieron ocultos durante semanas, meses o años, y un porcentaje importante de este subregistro se origina en el miedo de las víctimas.

El miedo, en su forma natural, cumple una función protectora: avisa que algo no está bien, permite reconocer riesgos y ayuda a decir “esto no me gusta”. Se siente en el cuerpo: manos frías, palpitaciones, tensión, un impulso de alejarse. Es un sensor interno diseñado para proteger la vida. Pero cuando alguien lo utiliza para dominar, el miedo deja de cuidar y empieza a aislar. Ya no guía; paraliza y calla.

Muchos abusadores conocen este poder y lo usan de manera directa. Las amenazas explícitas son frecuentes en los testimonios de niñas y niños: “Si hablas, te voy a pegar”, “si dices algo, le voy a hacer daño a tu mamá”, “van a meter a la cárcel a tu papá y será por tu culpa”.
Otras veces el miedo se instala sin palabras: miradas de advertencia, silencios que pesan, gestos que prometen castigo. Cuando el miedo entra así, sin permiso, el niño empieza a creer que callar es la única forma de protegerse o proteger a quienes ama.

Y aquí aparece una verdad dura, pero necesaria de comprender: un niño que crece con miedo a sus adultos cuidadores es un niño con menos herramientas para pedir ayuda.

Cuando la disciplina se impone con gritos, amenazas, castigos intimidantes o gestos de fuerza, se refuerza —sin querer— el mismo mecanismo que usan los agresores para controlar. Un niño que teme la reacción de su madre, padre o docente no los elegirá como adultos de confianza cuando más los necesite.

Por el contrario, cuando los adultos enseñan desde la calma, la firmeza respetuosa y la coherencia, le muestran al niño que el miedo no es una herramienta para dominar, sino una emoción que se puede comprender, conversar y acompañar. Y ese acompañamiento es el puente que permite hablar incluso cuando el miedo aprieta.

Imaginemos una escena cotidiana: Un niño quiere contarle a su papá algo que lo hizo sentir incómodo. Respira entrecortado, se lleva las manos al pecho, mira al piso. “Tengo miedo de que te pongas bravo”, susurra. Su papá no levanta la voz ni lo apura. Se inclina, habla despacio y dice: “Gracias por decírmelo. Puedes contármelo aunque te dé miedo. Estoy contigo”.
Esa frase —sencilla, humana, contenida— le devuelve al niño la posibilidad de hablar.

En cambio, respuestas como “¿por qué no hablaste antes?”, “¿cómo dejaste que pasara?”, “¿qué hiciste tú para que pasara?” cierran puertas. Multiplican el miedo. Refuerzan el silencio.
Por eso es fundamental enseñar a niñas y niños que sentir miedo no significa que deben callar. El miedo habla, sí, pero no decide. Incluso cuando el cuerpo tiembla, cuando aparece un nudo en la garganta, siempre pueden contar lo que les pasó. Y cuando un niño encuentra un adulto que lo escucha sin juicio, el miedo pierde fuerza y recupera su función original: cuidar, no encadenar.

Recomendaciones para evitar que el miedo sea usado como medio de control para el abuso sexual:

  1. Evite usar el miedo para educar. Los gritos, las amenazas o los castigos que intimidan enseñan a temer, no a confiar. Y la confianza es la base de la prevención.
  2. Valide las señales corporales del miedo. Frases como: “Veo que tu cuerpo se asustó, gracias por decírmelo” ayudan a que los niños entiendan que el miedo se escucha y se puede nombrar, no reprimir.
  3. Diga explícitamente que pueden hablar aunque tengan miedo. “Puedes contármelo incluso si te asusta”, “hiciste bien en decírmelo”, “estoy aquí contigo”. Estas frases abren caminos.
  4. Acoja el miedo sin juzgar. No minimice (“no es para tanto”), no presione, no exija detalles. Escuchar con calma es, muchas veces, la forma más efectiva de proteger.

Acompañar a un niño que siente miedo no significa eliminar la emoción, sino ayudarlo a reconocer cuándo ese miedo no le pertenece, cuándo fue provocado para silenciarlo. La valentía no es ausencia de miedo; es la posibilidad de actuar, pedir ayuda o hablar aún sintiendo miedo. Y esa valentía crece cuando hay adultos que no intimidan, sino que sostienen; que no cuestionan, sino que escuchan; que no se asustan del miedo, sino que lo acompañan.

Recuerde, hablar de prevención del abuso sexual infantil es una tarea profundamente valiosa. No solo ayuda a reducir el sufrimiento de niñas y niños en el presente, sino que también aporta a la construcción de un futuro con adultos más libres, seguros y capaces de liderar una sociedad más justa y sana. Lo más importante es actuar: Escuchar, creer, reportar y proteger puede salvar una vida.

En caso de sospechar una situación de presunto abuso sexual infantil, no dude en reportar:
Instituto Colombiano de Bienestar Familiar: Línea 141, atencionalciudadano@icbf.gov.co
Línea de Emergencias de Colombia: Línea 123
Secretaría Distrital de Salud de Bogotá: Línea 106

Le invitamos a ver este capítulo de Un Río de Preguntas, en el que abordamos el tema:

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