Imagínate tener diecisiete años en una ciudad gris, donde el futuro parece una palabra vacía. Las fábricas cierran, los empleos se esfuman y las promesas de progreso se sienten como un mal chiste. Pero en medio de ese paisaje, en la Inglaterra de mediados de los setenta, un grupo de jóvenes decide responder al silencio con ruido, iniciando uno de los movimientos sociales y culturales más importantes de la historia: ¡el punk!
Como una fuerte patada contra el sistema, un grito desafinado de inconformidad prendió fuego a la música en 1976 cuando la agrupación londinense Sex Pistols, lanzó ‘Anarchy in the U.K.’, su primer sencillo.
Un llamado a la rebeldía contra el sistema, la autoridad y el consumismo para toda una generación que estaba dispuesta a romper las reglas y crear su propio presente.
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Si bien es considerada una de las canciones precursoras del movimiento, no podemos negar que fue ‘God Save the Queen’ la que los puso realmente en el mapa, un «anti himno» del himno nacional británico para criticar sarcásticamente a la monarquía y al orden político tradicional.
El movimiento punk atravesó fronteras e hizo lo propio en el continente americano, donde los jóvenes, específicamente de la ciudad de Nueva York, también estaban buscando formas de sacar la ira que sentían ante un ambiente político convulso por las guerras, la falta de oportunidades y los pocos espacios de encuentro para la diversión.
En 2 minutos con 15 segundos, la banda liderada por el mítico Joey Ramone, condensó ese sentir en la enérgica ‘Blitzkrieg Bop’, ubicada por muchos como la primera canción del género punk rock, una melodía llena de distorsión y rebeldía que incluso hoy desata la energía de quien la escucha.
Pero, como suele pasar con la historia oficial, hay una versión que quedó fuera del mapa de los inicios de este género musical, y es que el punk ya había nacido en Latinoamérica para esa época, aunque nadie lo llamara así todavía.
En 1964, un grupo limeño llamado Los Saicos lanzó ‘Demolición’ y prendió la chispa. Con guitarras desbordadas, gritos salvajes y una letra que decía “¡Echemos abajo la estación del tren!”, crearon el molde del punk para el sur del continente, sin saberlo.
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Al igual que los Sex Pistols y los Ramones, eran una banda de barrio, sin pretensiones, pero con toda la energía del “hazlo tú mismo”.
El punk no es solo música, es una forma de vida
La incidencia del punk en la música cambió para siempre la idea de lo que significa hacer arte. Su lema “Do It Yourself” (DIY, por sus siglas) rompió el molde de la industria musical y de paso el de la cultura tradicional. Las bandas ya no necesitaban un sello discográfico ni un productor, bastaba con conseguir una guitarra prestada, un micrófono barato y muchas ganas de gritar.
Más allá de un lema que empezó a trasladarse a la vida cotidiana de quienes se empezaron a identificar con el movimiento punk, el DIY también se convirtió en una filosofía política donde cualquiera era capaz de crear, comunicar y organizarse sin depender de un poder adquisitivo elevado o de grandes organizaciones.
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Gracias a eso, los punks empezaron a hacer sus propios conciertos en sótanos y bares pequeños, a imprimir sus fanzines y a vender carteles y camisetas serigrafiadas en las calles.
Acciones que fueron llevando al punk a convertirse también en una comunidad. Caótica, diversa, muchas veces contradictoria, pero siempre unida por la búsqueda profunda de autenticidad y libertad en contraposición a la apatía.
Una comunidad que hoy sigue viva en sellos independientes, colectivos autogestionados, ferias gráficas y bandas que graban desde sus cuartos: nuevas formas de ruido que mantienen encendida la chispa del DIY, en pleno siglo XXI.

Grupos y discos punk, que marcaron el camino
Además de las canciones que fueron la chispa con la que el movimiento punk explotó, hay grandes discos que condensan las historias y el sentir de los jóvenes de la época.
Entre nuestras bandas de referencia encontramos el álbum homónimo de los Ramones, publicado en 1976; y por supuesto, el Never Mind the Bollocks (1977) de los Sex Pistols cambió la historia.Dos años después, se sumó al movimiento The Clash con su disco London Calling.
En Estados Unidos, Dead Kennedys lanzaron Fresh Fruit for Rotting Vegetables (1980) y Black Flag sacudió California con Damaged (1981), el manifiesto del hardcore. Cada uno representaba una forma distinta de rabia: política, existencial, juvenil.
Y de esa mezcla nacieron nuevas ramificaciones del género como:
- Post-punk
- Anarcopunk
- Punk feminista
- Ska-punk
- incluso el grunge, que tomaba muchos de sus elementos clásicos como inspiración.
A lo largo de las últimas décadas, medios como la revista Rolling Stone y el portal web especializado Consequence of Sound han coincidido en tener estos discos mencionados como parte de sus listados de bandas y discos más influyentes del género, y no simplemente por nostalgia, sino como un reconocimiento a los sonidos que siguen inspirando a agrupaciones contemporáneas que están llevando ese legado de la estridencia a nuevas generaciones con otros contextos en los cuales levantar la voz.
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Además, son el punto de partida perfecto para entender cómo el punk se convirtió en un movimiento global.
Punk a la colombiana
A medida que esas explosiones sonoras y gráficas se multiplicaban en Europa y Estados Unidos, el punk dejó de ser un fenómeno local para convertirse en un lenguaje global de inconformidad.
Sus transformaciones viajaron como señales de radio clandestinas, saltando fronteras, inspirando escenas enteras y demostrando que la rebeldía podía tomar otras formas sin perder su filo.
Y en ese ruido que cruzaba océanos, Colombia empezó a escuchar su propio llamado: un país atravesado por tensiones políticas y desigualdades donde el punk no llegaría como una moda, sino como una herramienta urgente para nombrar la violencia política, la censura y la desigualdad que definieron la escena nacional de los años ochenta y noventa.
En casetes piratas, revistas contrabandeadas y fanzines que se pasaban de mano en mano. Bandas como I.R.A. en Medellín, La Pestilencia, Polikarpa y sus Viciosas y Morgue en Bogotá o L.M.P. en Cali, convirtieron la frustración en canción. Tocaban en garajes, colegios y parques con cero producción o marketing, únicamente motivados por la urgencia de conectar.
Desde entonces, el movimiento ha crecido muchísimo a lo largo del país, entregando con el paso del tiempo nuevos proyectos que también renuevan y fusionan las raíces del punk con avances tecnológicos o, incluso, con otros géneros musicales cercanos que hagan más fuerte su distorsión.
En La Nevera Sonora, te compartimos un listado de 10 bandas de punk colombiano para empezar una exploración sonora desde sus inicios hasta el presente:
El diseño como grito: la estética punk
El punk no solo cambió la música, también reinventó el lenguaje visual. Desde sus inicios, la estética del movimiento tuvo un papel fundamental y fue quizá el diseñador Jamie Reid, quién empezó a rompió el orden gráfico con sus letras recortadas, sus colores estridentes y sus collages que parecían gritar desde cada página.
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Sus portadas para los Sex Pistols no fueron simples imágenes promocionales, fueron declaraciones políticas que mezclaban irreverencia, sátira y caos.
En paralelo a su trabajo, la revista Punk, creada en Nueva York en 1976 por John Holmstrom, convirtió la gráfica en crónica viva del movimiento al unir ilustración, cómic, fotografía cruda y tipografías torcidas que se burlaban de cualquier idea del diseño estándar.
Iniciativa a la que se sumaron otros proyectos como la revista Punk Planet, fundada en Chicago por Daniel Sinker, que operó de 1994 a 2007 y que cubría una amplia gama de temas dentro de la subcultura punk, incluyendo música, política, feminismo y derechos laborales (En este link puedes recorrer todos sus números).
El estilo punk destrozó las reglas clásicas. No existía la alineación perfecta ni el blanco limpio, existían las fotocopias sucias, el ruido visual y la tipografía hecha a mano. Cada afiche era una explosión de urgencia y cada fanzine un manifiesto gráfico.
En ellos convivían la política, el feminismo, el cómic, las críticas al sistema y las confesiones de adolescentes que encontraban en el papel un espacio para expresarse sin filtros. No eran productos editoriales: eran armas culturales hechas con tijeras, pegamento y una fotocopiadora, que se tomaban y perduraban en el espacio público.
Fue así como la serigrafía también se convirtió en un gesto político. Imprimir tu propio mensaje, con tus propias manos, era una forma de decir: “No necesito que nadie lo apruebe”.
Camisetas, afiches y stickers circularon siguiendo la tradición del hazlo tú mismo, inspirando a generaciones completas de diseñadores, fotógrafos e ilustradores que entendieron que el diseño no solo comunicaba, también era capaz de movilizar a todo un colectivo.
Irreverencia punk
En Bogotá, esa energía gráfica siempre ha estado presente. Ilustradores como Pegatina Criolla tomaron el color, el humor, y lo absurdo para crear ilustraciones que actualizan la irreverencia punk en clave local, mientras que estudios como Mala Influencia recuperan el collage, la tinta y la calle como trincheras de creatividad y crítica social.
La gráfica punk colombiana tiene su propio acento y demuestra que, aunque la escena ha cambiado, sigue viva la misma necesidad de representar a través de las imágenes aquello que aún incomoda, provoca y necesita ser dicho.
La moda punk fue una revolución estética que caminaba por las calles. No se trataba solo de ropa, sino de convertir el cuerpo en un manifiesto a través de elementos destacados como las chaquetas de cuero, los pantalones rotos y las botas militares, decorados con parches pintados a mano que denunciaban, burlaban o celebraban aquello que la cultura dominante prefería silenciar. Cada elemento tenía una historia que el punk poco a poco empezó a convertir en un símbolo político.
La cresta, quizá uno de los símbolos más poderosos del movimiento, tenía una carga histórica distinta. Se inspiraba en los guerreros mohawk, un pueblo indígena de Norteamérica cuya imagen quedó asociada a la fuerza, la autonomía y la dignidad.
Cuando los punks la adoptaron, la resignificaron como un grito visual contra el sistema con picos afilados con jabón o laca, colores fluorescentes y formas imposibles que desafiaban la gravedad. Llevar una cresta era un acto de confrontación y de orgullo, un gesto que convirtió a la cabeza en estandarte y al peinado en declaración política.
En La Nevera Sonora exploramos su historia:
Colombia y el punk
En Colombia, la estética punk tomó su propio camino, moldeada por el clima, la economía y la creatividad de sus ciudades. Las crestas, las chaquetas que se intervinieron con pinturas caseras y los parches se conseguían en mercados populares como San Victorino en Bogotá.
En los noventa, vestirse punk en la capital era desafiar la mirada de los desconocidos, pero también era reclamar un espacio propio.
Hoy esa apuesta sigue viva en bares de punk de la ciudad, en las filas para entrar a toques ocultos y, sobre todo, en festivales como Rock al Parque y Punk al Parque, donde la calle, la música y la moda se mezclan para demostrar que la rebeldía sigue teniendo cuerpo, color y un estilo que no pide permiso.
Casi cincuenta años después, el punk sigue ahí. No como una moda vintage, sino como una actitud que se cuela en la ropa reciclada, en los colectivos autogestionados, en los proyectos que desafían al algoritmo y a la industria musical. Vive en cada persona que crea sin pedir permiso, que protesta desde el arte, que arma comunidad incluso en medio del ruido.
El punk nos enseñó que no hace falta tenerlo todo para decir algo poderoso: basta una idea, una hoja, una guitarra o una pantalla. Y aunque el sonido cambie, la esencia sigue intacta como una forma feroz de demostrar en qué creemos.

