Las películas que nos emocionan no serían lo mismo sin las canciones y las bandas sonoras que las acompañan. Son esas piezas musicales las que refuerzan la construcción de un buen personaje, las que suman emoción a una escena épica o simplemente las que logran que una gran historia resuene por mucho tiempo en nuestra cabeza.
En esta temporada de premios, la música ha vuelto a ocupar un lugar protagónico. Más allá de acompañar grandes producciones cinematográficas, las canciones han servido como un vehículo narrativo capaz de amplificar emociones, subrayar tensiones dramáticas y, en muchos casos, dialogar con la urgencia de los temas que atraviesan estas historias.
Así, las canciones nominadas en la categoría de Mejor Canción Original de los Premios Óscar 2026, no solo destacan por su calidad artística, también por expandir el universo emocional y simbólico de las películas de las que hacen parte.
Por eso, desde La Nevera Sonora, hacemos un breve recorrido por las cinco nominadas. Una selección que no solo te invita a sumar nuevas joyas musicales a tu playlist, sino que también se convierte en la excusa perfecta para sumergirte en el cine y conectar con nuevas historias y personajes.
Dear Me
Película:Diane Warren: Relentless
Música y letra por: Diane Warren
Quién si no la mismísima Diane Warren podría componer la canción protagonista del documental que comparte los altos y bajos, pero sobre todo los grandes logros de su propia carrera.‘Dear Me’, interpretada por Kesha, funciona como una carta emocional que Warren le dedica a su versión más joven, lleva de esperanza y reflexión sobre heridas del pasado.
El resultado es un tema que conecta con la fortaleza de aceptar el camino del crecimiento personal, y que ha resonado con el público por su honestidad.
Golden
Película:KPop Demon Hunters
Música y letra por: EJAE, Mark Sonnenblick, Joong Gyu Kwak, Yu Han Lee, Hee Dong Nam, Jeong Hoon Seo y Teddy Park
No podemos negar que es una de las favoritas al galardón, pues ya triunfó en los Critic’s Choice y los Golden Globes, además de también llevarse el Grammy a la Mejor Canción Escrita para una Película. Y es qué, cómo no, si con la fuerza transmitida por el grupo ficticio HUNTR/X, la canción combina lo mejor del K-pop con un poderoso mensaje sobre el amor propio y la fuerza interior para superar las adversidades, convirtiéndose en un himno generacional que conecta especialmente con el público más joven.
Música y letra por: Raphael Saadiq y Ludwig Goransson
Este tema es tan poderoso como su intérprete. La nominación también es un reconocimiento al talento de Miles Caton, cuya voz atraviesa la pantalla con una intensidad difícil de ignorar.
Su interpretación no solo sostiene la carga emocional de la canción, también la eleva con matices de vulnerabilidad, rabia contenida y honestidad cruda que convierten cada verso en una confesión.
Y es en ese punto exacto entre fragilidad y fuerza, donde logra que el tema trascienda la película.
Sweet Dreams Of Joy
Película: Viva Verdi!
Música y letra por: Nicholas Pike
Viva Verdi! es un documental que ofrece una mirada íntima a la vida dentro de Casa Verdi, una residencia para músicos y cantantes de ópera en Milán fundada por el legendario Giuseppe Verdi, donde artistas de más de 77 años siguen creando y guiando a las nuevas generaciones de músicos. En ese espíritu de vitalidad y pasión musical, el compositor inglés Nicholas Pike, con influencias clásicas y contemporáneas, compuso esta pieza que refleja la alegría, la dignidad y la esperanza de estos artistas en su “tercer acto” de vida.
Train Dreams
Película: Train Dreams
Música por: Nick Cave y Bryce Dessner | Letra por: Nick Cave
Nick Cave reafirma su fuerza como compositor para el cine. Tras sus trabajos recientes en Blonde (2022) y en la biopic de Amy Winehouse (2024), donde exploró territorios sonoros más oscuros y emocionales, Cave llega a esta película, centrada en la vida solitaria de un hombre que atraviesa los cambios del Estados Unidos de inicios del siglo XX, con una pieza íntima y melancólica.
Su canción acompaña la historia con esa sensibilidad poética que ya se ha convertido en su sello en la gran pantalla. Además, cuenta con la producción deBryce Dessner, compositor y guitarrista de The National, una banda que tampoco es ajena a convertir la melancolía en una poderosa experiencia sonora.
Desde La Nevera Sonora sabemos que los mercados musicales son hoy un motor clave para la industria local e internacional: espacios donde los proyectos se conectan, circulan y encuentran nuevas oportunidades. En ese escenario, el Bogotá Music Market – BOmm abre sus convocatorias para que los distintos actores de la industria musical puedan llevar su música y sus ideas al siguiente nivel.
Del 17 de febrero y hasta el 20 de abril estará abierta la convocatoria para artistas de cualquier país que interpreten música original, cuenten con un mínimo de dos años de trayectoria y una estrategia de desarrollo vigente. Adicional, también se abre la convocatoria para managers y/o bookers con al menos dos proyectos en su roster y un plan de crecimiento definido.
Ruedas de negocios de música en vivo donde se realizan encuentros uno a uno con más de 300 profesionales nacionales e internacionales.
Acceso completo a la programación de conferencias, que incluye charlas, talleres y conversaciones con expertos del sector.
Espacios de preparación previos al mercado, orientados a fortalecer estrategias comerciales y de internacionalización.
Posibilidad de ser seleccionado para participar en los Showcases oficiales del BOmm 2026.
Cobertura en medios de comunicación nacionales e internacionales.
Los interesados pueden consultar el manual de participación y acceder a los formularios de inscripción en la página oficial del BOmm, haciendo clic aquí.
Esta oportunidad única está respaldada por resultados concretos. En la edición 2025 del Bogotá Music Market (BOmm), se concretaron negocios por más de 500 mil dólares y se proyectaron acuerdos adicionales que superan los 2,5 millones, alcanzando expectativas de negocio por encima de los 3 millones de dólares.
Estas cifras son el reflejo de más de 1.100 citas realizadas en las ruedas de negocios de música en vivo, agentes y servicios.
Además, el BOmm ha sido una plataforma real de internacionalización, permitiendo encuentros que hicieron posibles presentaciones confirmadas en festivales de Brasil y Dinamarca para 2026, demostrando que participar no es solo aplicar, sino abrir puertas para llevar la música colombiana al mundo y recibir la música del mundo en los escenarios del país.
Del 8 al 11 de septiembre del 2026, Bogotá volverá a ser el epicentro de la industria musical en la región reuniendo a distintos actores de la misma en un espacio diseñado para impulsar negocios, favorecer la circulación internacional, el desarrollo de carreras artísticas y por supuesto ¡el disfrute de la música en vivo!
Como parte de la celebración de sus 15 años, el BOmm 2026 proyecta la participación de más de 100 proyectos musicales en sus ruedas de negocios y la selección de al menos 30 proyectos para los showcases oficiales.
Al respecto, Violeta Parra De Moya, Jefe del BOmm, señaló: “Estamos preparando una edición memorable, que celebrará el momento extraordinario que vive Bogotá: con una escena diversa, un público fiel y ávido, una industria madura y sobre todo una gigantesca ola de nuevos proyectos”.
Conéctese con las redes sociales del evento y no se pierdas ningún anuncio, ¡allá nos vemos!
Posicionándose como el segundo show de medio tiempo más visto en la historia, y rompiendo el récord de 4.000 millones de visualizaciones durante sus primeras 24 horas en plataformas digitales, el espectáculo del artista puertorriqueño Bad Bunny marcó un precedente en uno de los escenarios deportivos más importantes del mundo.
Además de ser el primer artista latino masculino en encabezar el medio tiempo en solitario y de entregar un espectáculo mayoritariamente con letras en español, en medio de la tensión vivida por las duras políticas migratorias para los latinos impuestas en Estados Unidos, Bad Bunny entregó un poderoso mensaje a través de la representación de la cotidianidad puertorriqueña, destacando elementos de la cultura latinoamericana, ritmos propios del Caribe y brillando en el escenario junto a destacados actores, músicos y bailarines de distintas latitudes del continente.
María Díaz, la colombiana que brilla a ritmo de salsa
Allí estuvo María Díaz, bailarina bogotana de 33 años, quien al ritmo de la salsa dejó en alto el nombre de Colombia. Su presencia en el escenario fue el resultado de una trayectoria construida con disciplina, constancia y un profundo trabajo de confianza personal, consolidado durante el exigente proceso de selección para integrar el ensamble de más de 300 bailarines que acompañaría al ‘Conejo Malo’.
María migró de Colombia a Estados Unidos a los 10 años. En medio de ese cambio de vida, encontró en la danza una forma de permanecer conectada con sus raíces. Se profesionalizó en ritmos folclóricos colombianos y desarrolló una especial fascinación por la salsa caleña, el mismo ritmo que la llevó a destacar en el show de medio tiempo.
Un Super Bowl muy latino
Su participación quedó marcada en una de las escenas más memorables de la noche: la boda celebrada al compás de Die With a Smile, de Lady Gaga, reinterpretada en clave de salsa junto a la interpretación de Baile Inolvidable.
La terraza, convertida en una auténtica fiesta latina, ofreció imágenes con las que muchos espectadores se sintieron identificados: la gran reunión familiar, la presencia de una orquesta en vivo y el icónico instante del niño durmiendo entre las sillas.
“No solamente representó a Puerto Rico, representó a Latinoamérica como tal. Una Latinoamérica, que es una América que es multicultural”, comentó María sobre la emoción de ese momento. Para ella, el orgullo de haber sido parte de este espectáculo sin precedentes se tradujo también en la posibilidad de representar a miles de bailarines latinos que dejan sus países en búsqueda de oportunidades, persiguiendo sus sueños, y demostrarles que es posible alcanzar escenarios de esta magnitud.
El recorrido no ha sido fácil, María reconoce que detrás de la danza hay sacrificios que muchas veces no son vistos por los espectadores.
El estar lejos de su familia por años, crear una vida nueva en un país distinto y entregarse por completo a la meta final de ser la mejor en su disciplina, se vieron recompensados en un momento que, según ella, afortunadamente pudo disfrutar estando presente, sin preocupaciones externas y confiando en la memoria muscular lograda tras las arduas jornadas de ensayos previas al show.
María Díaz, una bogotana que brilla con luz propia
Toda esta experiencia le recordó a María los dos mundos que habitan en ella. Su infancia en Bogotá, como una ciudad en constante movimiento, la preparó para adaptarse al ritmo frenético de Los Ángeles.
La ciudad que hizo cada vez más grandes sus sueños y que hoy es testigo de sus casi 12 años de estudios profesionales en campos como la fisioterapia, la kinesiología y la danza, conocimientos que le aportan una perspectiva técnica y corporal a su trabajo como bailarina, un recorrido que además la acompañó a dar con seguridad lo mejor de sí junto a Bad Bunny.
Sintiendo aún la emoción recorrer su cuerpo al recordar cada una de las canciones que interpretó en el show de medio tiempo, María no solo celebra haber izado la bandera de Colombia con su danza.
También destaca el significado cultural de ese momento: una celebración vibrante de la identidad latinoamericana en un contexto global donde los discursos de odio hacia la diferencia siguen causando profundas fracturas.
No fue casualidad que uno de los instantes más poderosos del espectáculo llegara con El Apagón. “Ahora todos quieren ser latinos, pero les falta sazón, batería y reggaetón”, resonó en la secuencia final previa a que Bad Bunny nombrara a los países del continente.
Allí, entre luces, música y banderas, María también sostuvo una de ellas, participando en una escena que rápidamente se convirtió en uno de los momentos más emotivos del show, replicado miles de veces en redes sociales por la comunidad latina dentro y fuera de Estados Unidos.
La bailarina lo resume desde una mirada íntima y profundamente humana: “Todo el mundo quiere buscar la manera de conectarse un poquito a lo que somos, sea a nuestra alegría, a nuestra manera de vivir, a nuestra amabilidad (…) Mucha gente ve a los latinos con ojos de esperanza, de familia, de unión, y es muy lindo ver eso. Yo sí podría decir que todo el mundo quiere ser latino”.
Y quizás allí radica la verdadera trascendencia de aquella noche, más allá del espectáculo, fue una afirmación colectiva de identidad, orgullo y pertenencia.
Imagínate tener diecisiete años en una ciudad gris, donde el futuro parece una palabra vacía. Las fábricas cierran, los empleos se esfuman y las promesas de progreso se sienten como un mal chiste. Pero en medio de ese paisaje, en la Inglaterra de mediados de los setenta, un grupo de jóvenes decide responder al silencio con ruido, iniciando uno de los movimientos sociales y culturales más importantes de la historia: ¡el punk!
Como una fuerte patada contra el sistema, un grito desafinado de inconformidad prendió fuego a la música en 1976 cuando la agrupación londinense Sex Pistols, lanzó ‘Anarchy in the U.K.’, su primer sencillo.
Un llamado a la rebeldía contra el sistema, la autoridad y el consumismo para toda una generación que estaba dispuesta a romper las reglas y crear su propio presente.
Si bien es considerada una de las canciones precursoras del movimiento, no podemos negar que fue ‘God Save the Queen’ la que los puso realmente en el mapa, un «anti himno» del himno nacional británico para criticar sarcásticamente a la monarquía y al orden político tradicional.
El movimiento punk atravesó fronteras e hizo lo propio en el continente americano, donde los jóvenes, específicamente de la ciudad de Nueva York, también estaban buscando formas de sacar la ira que sentían ante un ambiente político convulso por las guerras, la falta de oportunidades y los pocos espacios de encuentro para la diversión.
En 2 minutos con 15 segundos, la banda liderada por el mítico Joey Ramone, condensó ese sentir en la enérgica ‘Blitzkrieg Bop’, ubicada por muchos como la primera canción del género punk rock, una melodía llena de distorsión y rebeldía que incluso hoy desata la energía de quien la escucha.
Pero, como suele pasar con la historia oficial, hay una versión que quedó fuera del mapa de los inicios de este género musical, y es que el punk ya había nacido en Latinoamérica para esa época, aunque nadie lo llamara así todavía.
En 1964, un grupo limeño llamado Los Saicos lanzó ‘Demolición’ y prendió la chispa. Con guitarras desbordadas, gritos salvajes y una letra que decía “¡Echemos abajo la estación del tren!”, crearon el molde del punk para el sur del continente, sin saberlo.
Al igual que los Sex Pistols y los Ramones, eran una banda de barrio, sin pretensiones, pero con toda la energía del “hazlo tú mismo”.
El punk no es solo música, es una forma de vida
La incidencia del punk en la música cambió para siempre la idea de lo que significa hacer arte. Su lema “Do It Yourself” (DIY, por sus siglas) rompió el molde de la industria musical y de paso el de la cultura tradicional. Las bandas ya no necesitaban un sello discográfico ni un productor, bastaba con conseguir una guitarra prestada, un micrófono barato y muchas ganas de gritar.
Más allá de un lema que empezó a trasladarse a la vida cotidiana de quienes se empezaron a identificar con el movimiento punk, el DIY también se convirtió en una filosofía política donde cualquiera era capaz de crear, comunicar y organizarse sin depender de un poder adquisitivo elevado o de grandes organizaciones.
Gracias a eso, los punks empezaron a hacer sus propios conciertos en sótanos y bares pequeños, a imprimir sus fanzines y a vender carteles y camisetas serigrafiadas en las calles.
Acciones que fueron llevando al punk a convertirse también en una comunidad. Caótica, diversa, muchas veces contradictoria, pero siempre unida por la búsqueda profunda de autenticidad y libertad en contraposición a la apatía.
Una comunidad que hoy sigue viva en sellos independientes, colectivos autogestionados, ferias gráficas y bandas que graban desde sus cuartos: nuevas formas de ruido que mantienen encendida la chispa del DIY, en pleno siglo XXI.
Grupos y discos punk, que marcaron el camino
Además de las canciones que fueron la chispa con la que el movimiento punk explotó, hay grandes discos que condensan las historias y el sentir de los jóvenes de la época.
Entre nuestras bandas de referencia encontramos el álbum homónimo de los Ramones, publicado en 1976; y por supuesto, el Never Mind the Bollocks (1977) de los Sex Pistols cambió la historia.Dos años después, se sumó al movimiento The Clash con su disco London Calling.
En Estados Unidos, Dead Kennedys lanzaron Fresh Fruit for Rotting Vegetables (1980) y Black Flag sacudió California con Damaged (1981), el manifiesto del hardcore. Cada uno representaba una forma distinta de rabia: política, existencial, juvenil.
Y de esa mezcla nacieron nuevas ramificaciones del género como:
Post-punk
Anarcopunk
Punk feminista
Ska-punk
incluso el grunge, que tomaba muchos de sus elementos clásicos como inspiración.
A lo largo de las últimas décadas, medios como la revista Rolling Stone y el portal web especializado Consequence of Sound han coincidido en tener estos discos mencionados como parte de sus listados de bandas y discos más influyentes del género, y no simplemente por nostalgia, sino como un reconocimiento a los sonidos que siguen inspirando a agrupaciones contemporáneas que están llevando ese legado de la estridencia a nuevas generaciones con otros contextos en los cuales levantar la voz.
Además, son el punto de partida perfecto para entender cómo el punk se convirtió en un movimiento global.
Punk a la colombiana
A medida que esas explosiones sonoras y gráficas se multiplicaban en Europa y Estados Unidos, el punk dejó de ser un fenómeno local para convertirse en un lenguaje global de inconformidad.
Sus transformaciones viajaron como señales de radio clandestinas, saltando fronteras, inspirando escenas enteras y demostrando que la rebeldía podía tomar otras formas sin perder su filo.
Y en ese ruido que cruzaba océanos, Colombia empezó a escuchar su propio llamado: un país atravesado por tensiones políticas y desigualdades donde el punk no llegaría como una moda, sino como una herramienta urgente para nombrar la violencia política, la censura y la desigualdad que definieron la escena nacional de los años ochenta y noventa.
En casetes piratas, revistas contrabandeadas y fanzines que se pasaban de mano en mano. Bandas como I.R.A. en Medellín, La Pestilencia, Polikarpa y sus Viciosas y Morgue en Bogotá o L.M.P. en Cali, convirtieron la frustración en canción. Tocaban en garajes, colegios y parques con cero producción o marketing, únicamente motivados por la urgencia de conectar.
Desde entonces, el movimiento ha crecido muchísimo a lo largo del país, entregando con el paso del tiempo nuevos proyectos que también renuevan y fusionan las raíces del punk con avances tecnológicos o, incluso, con otros géneros musicales cercanos que hagan más fuerte su distorsión.
En La Nevera Sonora, te compartimos un listado de 10 bandas de punk colombiano para empezar una exploración sonora desde sus inicios hasta el presente:
El punk no solo cambió la música, también reinventó el lenguaje visual. Desde sus inicios, la estética del movimiento tuvo un papel fundamental y fue quizá el diseñador Jamie Reid, quién empezó a rompió el orden gráfico con sus letras recortadas, sus colores estridentes y sus collages que parecían gritar desde cada página.
Sus portadas para los Sex Pistols no fueron simples imágenes promocionales, fueron declaraciones políticas que mezclaban irreverencia, sátira y caos.
En paralelo a su trabajo, la revista Punk, creada en Nueva York en 1976 por John Holmstrom, convirtió la gráfica en crónica viva del movimiento al unir ilustración, cómic, fotografía cruda y tipografías torcidas que se burlaban de cualquier idea del diseño estándar.
Iniciativa a la que se sumaron otros proyectos como la revista Punk Planet, fundada en Chicago por Daniel Sinker, que operó de 1994 a 2007 y que cubría una amplia gama de temas dentro de la subcultura punk, incluyendo música, política, feminismo y derechos laborales (En este link puedes recorrer todos sus números).
El estilo punk destrozó las reglas clásicas. No existía la alineación perfecta ni el blanco limpio, existían las fotocopias sucias, el ruido visual y la tipografía hecha a mano. Cada afiche era una explosión de urgencia y cada fanzine un manifiesto gráfico.
En ellos convivían la política, el feminismo, el cómic, las críticas al sistema y las confesiones de adolescentes que encontraban en el papel un espacio para expresarse sin filtros. No eran productos editoriales: eran armas culturales hechas con tijeras, pegamento y una fotocopiadora, que se tomaban y perduraban en el espacio público.
Fue así como la serigrafía también se convirtió en un gesto político. Imprimir tu propio mensaje, con tus propias manos, era una forma de decir: “No necesito que nadie lo apruebe”.
Camisetas, afiches y stickers circularon siguiendo la tradición del hazlo tú mismo, inspirando a generaciones completas de diseñadores, fotógrafos e ilustradores que entendieron que el diseño no solo comunicaba, también era capaz de movilizar a todo un colectivo.
Irreverencia punk
En Bogotá, esa energía gráfica siempre ha estado presente. Ilustradores como Pegatina Criolla tomaron el color, el humor, y lo absurdo para crear ilustraciones que actualizan la irreverencia punk en clave local, mientras que estudios como Mala Influencia recuperan el collage, la tinta y la calle como trincheras de creatividad y crítica social.
La gráfica punk colombiana tiene su propio acento y demuestra que, aunque la escena ha cambiado, sigue viva la misma necesidad de representar a través de las imágenes aquello que aún incomoda, provoca y necesita ser dicho.
La moda punk fue una revolución estética que caminaba por las calles. No se trataba solo de ropa, sino de convertir el cuerpo en un manifiesto a través de elementos destacados como las chaquetas de cuero, los pantalones rotos y las botas militares, decorados con parches pintados a mano que denunciaban, burlaban o celebraban aquello que la cultura dominante prefería silenciar. Cada elemento tenía una historia que el punk poco a poco empezó a convertir en un símbolo político.
La cresta, quizá uno de los símbolos más poderosos del movimiento, tenía una carga histórica distinta. Se inspiraba en los guerreros mohawk, un pueblo indígena de Norteamérica cuya imagen quedó asociada a la fuerza, la autonomía y la dignidad.
Cuando los punks la adoptaron, la resignificaron como un grito visual contra el sistema con picos afilados con jabón o laca, colores fluorescentes y formas imposibles que desafiaban la gravedad. Llevar una cresta era un acto de confrontación y de orgullo, un gesto que convirtió a la cabeza en estandarte y al peinado en declaración política.
En Colombia, la estética punk tomó su propio camino, moldeada por el clima, la economía y la creatividad de sus ciudades. Las crestas, las chaquetas que se intervinieron con pinturas caseras y los parches se conseguían en mercados populares como San Victorino en Bogotá.
En los noventa, vestirse punk en la capital era desafiar la mirada de los desconocidos, pero también era reclamar un espacio propio.
Hoy esa apuesta sigue viva en bares de punk de la ciudad, en las filas para entrar a toques ocultos y, sobre todo, en festivales como Rock al Parque y Punk al Parque, donde la calle, la música y la moda se mezclan para demostrar que la rebeldía sigue teniendo cuerpo, color y un estilo que no pide permiso.
Casi cincuenta años después, el punk sigue ahí. No como una moda vintage, sino como una actitud que se cuela en la ropa reciclada, en los colectivos autogestionados, en los proyectos que desafían al algoritmo y a la industria musical. Vive en cada persona que crea sin pedir permiso, que protesta desde el arte, que arma comunidad incluso en medio del ruido.
El punk nos enseñó que no hace falta tenerlo todo para decir algo poderoso: basta una idea, una hoja, una guitarra o una pantalla. Y aunque el sonido cambie, la esencia sigue intacta como una forma feroz de demostrar en qué creemos.