El Campín, la historia de un estadio que creció al ritmo de Bogotá

El Campín pasó de ser una hacienda en las afueras de Bogotá a convertirse en un símbolo deportivo y cultural que se prepara para una nueva transformación.

El Campín: del paisaje rural al corazón deportivo y cultural de Bogotá

Hay lugares que permiten leer la historia de una ciudad sin necesidad de abrir un libro. Basta con mirar sus calles, observar cómo han cambiado sus alrededores y escuchar los recuerdos de quienes los han habitado.

El estadio Nemesio Camacho El Campín es uno de esos lugares. Desde que Bogotá comenzó a imaginar un escenario deportivo a la altura de una capital que buscaba modernizarse, este espacio ha acompañado el crecimiento urbano, las transformaciones del fútbol colombiano y las emociones de varias generaciones. Su historia empieza mucho antes de que miles de personas llenaran sus graderías y se extiende hasta un presente en el que el antiguo coloso de la calle 57 se prepara para convertirse en un escenario completamente nuevo.

Antes de El Campín: una hacienda en los límites de Bogotá

Para entender el origen de El Campín hay que regresar a una Bogotá muy distinta de la actual. A mediados de la década de 1930, la ciudad no se había extendido hasta abarcar buena parte de los sectores que hoy consideramos céntricos. Hacia el occidente de Chapinero se encontraban terrenos rurales, potreros y grandes propiedades que convivían con las primeras señales de expansión urbana.

Allí, donde hoy circulan buses, automóviles y miles de aficionados, se encontraba la hacienda El Campín, un terreno ligado a la familia Camacho y a una ciudad que empezaba a proyectar su crecimiento más allá de sus límites tradicionales.

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La propiedad estaba relacionada con Nemesio Camacho Macías, abogado, político y empresario que había participado en la vida pública y económica del país. Tras su muerte, en 1929, parte de su legado quedó en manos de su familia, entre ellos su hijo Luis Camacho Matiz. El nombre de la hacienda sobrevivió a la transformación del paisaje y terminó bautizando uno de los escenarios más reconocidos de Colombia. El origen de la palabra Campín suele relacionarse con el término inglés camping, asociado a la práctica de acampar en espacios abiertos, aunque el nombre ya identificaba aquel lugar antes de que allí se levantara el estadio.

El Campín
Foto: Repositorio archivo de Héctor Fabio Gómez

En esos años, el terreno no tenía el aspecto de una gran instalación deportiva. Era un espacio abierto, alejado de la densidad que hoy caracteriza a Bogotá, cercano a una línea ferroviaria y al hipódromo de la ciudad. Su ubicación, que entonces podía parecer distante del corazón urbano, acabaría siendo determinante para el desarrollo del sector. El estadio no llegó a una ciudad terminada, se construyó en una zona que estaba a punto de experimentar una transformación profunda, y su presencia contribuiría a orientar el crecimiento de la capital hacia el noroccidente.

El sueño de construir un estadio para la capital

La idea de levantar un gran escenario deportivo tomó fuerza durante la década de 1930, cuando Bogotá se preparaba para conmemorar los 400 años de su fundación y recibir los primeros Juegos Bolivarianos, programados para 1938.

La iniciativa se vinculó al dirigente deportivo Alberto Nariño Cheyne, promotor de las justas, y al impulso político de Jorge Eliécer Gaitán, quien desde la administración distrital respaldó la construcción de un estadio para la ciudad. No se trataba únicamente de tener una cancha de fútbol, sino de dotar a la capital de una infraestructura que respondiera a sus aspiraciones deportivas y a su proyecto de modernización.

Encontrar el terreno adecuado era uno de los principales desafíos. La hacienda de la familia Camacho ofrecía una extensión apropiada para levantar el escenario y permitir el desarrollo de instalaciones deportivas. Luis Camacho Matiz aceptó ceder el terreno para ese propósito y puso una condición que sobreviviría a las décadas: el estadio debía llevar el nombre de su padre, Nemesio Camacho. Así, la memoria familiar quedó ligada a un proyecto público que terminaría siendo parte de la identidad de Bogotá. La cesión del terreno y las gestiones adelantadas para hacer realidad la obra permitieron pasar de la idea a la construcción.

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El camino no estuvo libre de dificultades. La financiación era limitada y el proyecto requería decisiones rápidas para llegar a tiempo a las celebraciones del cuarto centenario. El 12 de octubre de 1936, durante un desfile estudiantil por la carrera Séptima, frente a la Alcaldía, grupos de estudiantes reclamaron a gritos la construcción de un estadio. La escena contribuyó a impulsar la iniciativa y Gaitán destinó 250.000 pesos de la época para atender los compromisos deportivos, adquirir implementos y avanzar en la obra. El estadio comenzó a tomar forma entre las aspiraciones de una ciudad que quería celebrar su historia mirando también hacia el futuro.

1938: nace El Campín

La construcción convirtió aquel terreno abierto en un espacio concebido para reunir multitudes. El proyecto inicial contemplaba una cancha de fútbol, graderías y una pista de atletismo, en consonancia con la idea de un escenario deportivo de carácter olímpico. Su capacidad original rondaba los 23.500 espectadores, una cifra que hoy puede parecer modesta frente a las grandes instalaciones deportivas, pero que entonces representaba un salto importante para Bogotá. El Campín nació como un recinto público pensado para el deporte y el encuentro colectivo, en una ciudad que todavía tenía mucho terreno por urbanizar.

En agosto de 1938, el estadio abrió sus puertas en medio de las celebraciones del cuarto centenario de Bogotá y de los Juegos Bolivarianos. Las lluvias que afectaron la ciudad retrasaron parte de los planes previstos para su inauguración. En el campo se enfrentaron representaciones de Colombia y Ecuador, en un partido que quedó inscrito en los primeros capítulos de la historia del recinto. El resultado favoreció al conjunto ecuatoriano y el colombiano Tomás Emilio Mier anotó el primer gol para el equipo local. Más allá del marcador, aquel encuentro marcó el comienzo de una relación duradera entre el estadio y la vida deportiva de la capital.

El Campín
Foto: Sady González / Archivo Bogotá

El Campín también cambió la geografía cotidiana de Bogotá. La construcción de un escenario de esa magnitud atrajo la atención hacia una zona que antes se percibía como periférica. Con el paso del tiempo, las vías, los barrios y las actividades urbanas fueron estrechando la distancia entre el estadio y el resto de la ciudad. Lo que había sido una propiedad rural quedó incorporado a una capital en expansión. En ese sentido, la historia del estadio es también la historia de Bogotá, el crecimiento urbano fue borrando los antiguos límites y convirtió aquel espacio de las afueras en un punto de referencia dentro de la ciudad.

Del fútbol profesional a un escenario de grandes multitudes

El comienzo del fútbol profesional colombiano, en 1948, abrió una etapa decisiva. El Campín se convirtió en la casa de los equipos bogotanos y en un escenario para ver a figuras nacionales e internacionales. Durante la época conocida como El Dorado, el fútbol colombiano recibió jugadores de gran reconocimiento procedentes de distintos países, entre ellos Argentina, Uruguay y Perú, además de futbolistas de otras procedencias. La afición creció, las tribunas comenzaron a quedarse pequeñas y el estadio pasó de ser una obra moderna para su tiempo a convertirse en uno de los centros de la pasión futbolera del país.

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La respuesta a ese crecimiento llegó con sucesivas ampliaciones. En 1951, la capacidad aumentó hasta unos 45.000 espectadores y, durante la década siguiente, nuevas graderías permitieron superar los 60.000 puestos. En 1967, la instalación de iluminación artificial hizo posible celebrar partidos nocturnos, ampliando las posibilidades de uso del escenario. Cada cambio respondía a una nueva demanda: más público, mejores condiciones para los encuentros y una infraestructura capaz de seguirle el paso al lugar que el fútbol había conquistado en la vida de los bogotanos. El estadio creció físicamente mientras se afianzaba como un símbolo de la ciudad.

El Campín
Foto: Sady González / Archivo Bogotá

Su historia, sin embargo, nunca se limitó a los partidos de fútbol. Alrededor del estadio se consolidó una unidad deportiva que incluyó El Campincito y, en 1973, el Coliseo Cubierto El Campín, espacio que décadas después se transformaría en el Movistar Arena. El sector fue ampliando su papel como punto de encuentro para el deporte, los espectáculos y las actividades multitudinarias. Dentro del estadio, las finales, los partidos de la Selección Colombia y los títulos celebrados en su césped fueron sumando recuerdos a la memoria colectiva. Para miles de personas, El Campín dejó de ser únicamente un lugar al que se iba a ver fútbol, se convirtió en el escenario de celebraciones, rituales familiares, encuentros entre amigos y emociones compartidas.

Las remodelaciones y el estadio que conocemos hoy

El paso de los años trajo nuevas exigencias. Los escenarios deportivos debían responder a criterios de seguridad, comodidad, tecnología y funcionamiento que no existían cuando El Campín abrió sus puertas. Una de las intervenciones más importantes se realizó para el Mundial Sub-20 de la FIFA de 2011, cuando se remodeló por completo la tribuna occidental y se actualizaron diferentes servicios tecnológicos. Las adecuaciones mejoraron componentes de la infraestructura, aunque también redujeron la capacidad del estadio frente a las cifras que había alcanzado en décadas anteriores. Como ocurre con las construcciones que envejecen en ciudades en permanente cambio, mantenerlo en funcionamiento significó adaptarlo una y otra vez a nuevas necesidades.

A lo largo de su historia, El Campín ha sido testigo de triunfos, derrotas, despedidas y celebraciones que trascienden los resultados deportivos. Sus graderías han reunido a hinchas de Millonarios y Santa Fe, han recibido encuentros decisivos del fútbol colombiano y han visto jugar a la Selección Colombia. También se ha convertido en un escenario fundamental para los conciertos de gran formato, acercando a Bogotá a giras y artistas internacionales. En ese cruce entre deporte y cultura está parte de su importancia: el estadio pertenece a quienes lo administran, pero también forma parte de los recuerdos de quienes han cantado, sufrido, celebrado o compartido una tarde en sus tribunas. Su historia no se explica solo con fechas de inauguración y cifras de aforo, sino con las experiencias que han quedado ligadas a él.

El futuro: un estadio nuevo para otra Bogotá

Ahora, El Campín se enfrenta a la transformación más profunda de su historia. El 30 de septiembre de 2026 comenzó oficialmente la fase de construcción del nuevo estadio, con la meta de ponerlo en funcionamiento al finalizar 2028.

El proyecto contempla un escenario con capacidad para más de 60.000 espectadores, cubierta retráctil y una gradería sur que podrá desplazarse de forma automática, además de nuevos espacios y servicios para el público. La propuesta forma parte de una transformación más amplia del entorno, concebida para integrar deporte, cultura y entretenimiento. El reto será construir un recinto acorde con las exigencias actuales sin perder de vista el lugar que El Campín ocupa en la memoria de la capital. La hacienda de las afueras, el estadio que vio crecer el fútbol profesional y el escenario que ha reunido a generaciones de bogotanos quedarán unidos por una misma historia, la de una ciudad que cambia, pero que sigue buscando lugares donde reconocerse y encontrarse.

*Foto: Sady González / Archivo Bogotá

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