Cerrar la llave también cuenta: los pequeños hábitos que pueden ayudar a cuidar el agua en Bogotá

En medio del fortalecimiento del fenómeno de El Niño, las acciones cotidianas vuelven a ocupar un lugar central en la protección del recurso hídrico. Cerrar la llave mientras nos enjabonamos, reducir el tiempo de uso del lavamanos y evitar desperdicios son decisiones sencillas que, multiplicadas por millones de personas, pueden marcar una diferencia.

Destacado agua

En Bogotá, abrir una llave parece un gesto automático. Lavarse las manos, cepillarse los dientes o enjuagar algún objeto son acciones que hacen parte de la rutina diaria y que pocas veces obligan a pensar de dónde viene el agua o qué ocurre cuando se desperdicia.

Pero en septiembre de 2026 el contexto climático vuelve a poner esa relación bajo la lupa. El Ideam informó el 10 de septiembre que las condiciones de El Niño continúan fortaleciéndose y que existe una probabilidad superior al 90 % de que el evento alcance una intensidad “muy fuerte” durante el último trimestre de 2026 y el primero de 2027. 

La situación no significa que Bogotá esté hoy en las mismas condiciones que durante la crisis hídrica de 2024 y comienzos de 2025. De hecho, el panorama de los embalses mejoró significativamente: al cierre de julio de 2026, el Sistema Chingaza estaba cerca del 80 % de su capacidad, después de ganar más de 15 puntos porcentuales durante ese mes, según información de la CAR divulgada por Bogotá.gov.co. La propia autoridad ambiental advirtió, sin embargo, que la recuperación no debía convertirse en una razón para abandonar las medidas de ahorro. 

Ese es precisamente el punto detrás de una acción tan elemental como cerrar la llave mientras las manos están siendo enjabonadas: durante esos segundos el agua no cumple ninguna función y puede permanecer cerrada hasta el momento del enjuague.

La Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá ha insistido durante 2026 en incorporar este tipo de prácticas a la rutina diaria. Entre sus recomendaciones está disminuir el tiempo de uso del lavamanos y evitar mantener abiertas las llaves cuando el agua no se está utilizando directamente. La entidad plantea el ahorro no como una respuesta temporal a una emergencia, sino como un hábito permanente de consumo responsable. 

De una acción individual a un efecto colectivo

La lógica es sencilla: una llave cerrada durante unos segundos puede parecer irrelevante vista desde un solo hogar. El efecto cambia cuando el mismo comportamiento se repite de manera sistemática en miles o millones de viviendas.

Bogotá ya comprobó que los hábitos ciudadanos pueden modificar su demanda. En 2025 el consumo promedio de agua de la ciudad cerró en 17,03 metros cúbicos por segundo; después del levantamiento de las restricciones, el promedio fue de 17,29 m³/s, un nivel comparable con 2023 pese a que para entonces la ciudad tenía cerca de 200.000 usuarios adicionales. La Empresa de Acueducto atribuyó parte de ese comportamiento a los hábitos adquiridos durante la emergencia hídrica y pidió mantenerlos. 

El reto, por tanto, no consiste únicamente en reaccionar cuando aparecen los racionamientos.

La experiencia reciente mostró que proteger las reservas requiere una combinación de infraestructura, monitoreo climático y comportamiento ciudadano. En abril de 2026, un año después de terminar el esquema de racionamiento, Bogotá reportaba 120 millones de metros cúbicos almacenados en el Sistema Chingaza y mejores condiciones para enfrentar una nueva amenaza climática que las registradas durante la emergencia anterior. 

Aun así, la región continúa preparándose. El 15 de septiembre, la CAR informó que avanza en un plan para evaluar los acuíferos de las cuencas alta y media del río Bogotá y fortalecer la seguridad hídrica frente a El Niño 2026 y escenarios de largo plazo. 

Agua y energía: una relación más estrecha de lo que parece

El ahorro de agua también hace parte de una discusión ambiental más amplia. El documento de investigación que sustenta esta campaña plantea que en Colombia existe una relación estrecha entre disponibilidad hídrica, generación eléctrica y condiciones climáticas: buena parte del sistema eléctrico depende de recursos hídricos y, durante periodos secos, aumenta la presión sobre esos sistemas.

El informe también explica que tanto la generación hidroeléctrica como la termoeléctrica tienen una relación directa con el agua: la primera depende de ella como recurso para generar electricidad y la segunda puede utilizarla en procesos de refrigeración.

Por eso, cuidar el agua y usar eficientemente la energía no son conversaciones aisladas. Son partes de una misma discusión sobre cómo una ciudad utiliza recursos que son limitados y cada vez más sensibles a los extremos climáticos.

Cambiar el hábito para cambiar el efecto

Las recomendaciones no requieren transformar por completo la vida cotidiana. El principio es identificar aquellos segundos o minutos en los que dejamos correr agua sin necesitarla.

En el caso del lavado de manos, la secuencia puede ser muy simple: mojar, cerrar, enjabonar y volver a abrir para enjuagar. En la pieza desarrollada para la campaña de responsabilidad social de Canal Capital, el mensaje se resume en una instrucción directa: “Cierra la llave”, dentro del concepto general “Cambia el hábito… cambia el efecto”

El valor de esa idea está precisamente en su escala. Ninguna acción doméstica solucionará por sí sola los desafíos hídricos de Bogotá, que también dependen del clima, la protección de las fuentes, la infraestructura y la gestión pública. Pero el consumo ciudadano sí forma parte de la ecuación.

Mientras El Niño continúa fortaleciéndose, mantener los hábitos aprendidos durante los años de escasez puede evitar que el agua vuelva a convertirse en una preocupación solamente cuando empiece a faltar.

Cerrar mientras te enjabonas toma un segundo. Convertirlo en costumbre puede durar mucho más.

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