“Somos seres musicales”: así responde nuestro cerebro cuando escuchamos una canción

¿Por qué una canción que escuchamos hace años todavía puede llevarnos de regreso a un momento de nuestra vida? La respuesta está, en parte, en la estrecha relación entre música y cerebro, una conexión que involucra emociones, memoria, placer y atención.

Dos adolescentes disfrutan de la música juntos con auriculares compartidos en una azotea soleada.

Una canción puede llevarnos de vuelta a una época, cambiar nuestro estado de ánimo o hacernos sentir acompañados en un momento difícil, detrás de esas experiencias hay una relación compleja entre la música y el cerebro, que responde a los sonidos involucrando procesos asociados con el placer, la memoria, las emociones y la atención.

Según explica Juan Manuel Orjuela, neuropsiquiatra y docente de Neuromúsica, escuchar música es una experiencia que involucra diferentes regiones cerebrales y que puede generar respuestas tanto físicas como emocionales.

¿Qué ocurre en el cerebro cuando escuchamos una canción?

El cerebro no recibe una canción como un sonido aislado, mientras escuchamos, diferentes procesos se ponen en marcha y, cuando aquello que suena nos resulta placentero, aparecen respuestas relacionadas con los sistemas de recompensa del organismo.

“El placer musical implica que hay liberación de dopamina en estructuras muy profundas del cerebro, pero también de endorfinas. Por eso la música relajante y placentera nos calma el dolor físico y emocional”, precisó.

Esta respuesta ayuda a entender por qué determinadas canciones pueden producir una sensación de bienestar y por qué la música puede convertirse en una herramienta para acompañar experiencias relacionadas con el dolor.

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La estrecha relación entre la música y el bienestar emocional

La relación entre los seres humanos y la música empieza mucho antes de que aprendamos conscientemente a escuchar una canción, el ritmo, los tonos y las melodías hacen parte de experiencias sonoras que nos acompañan desde las primeras etapas de la vida.

Desde que nacemos somos seres musicales. Los bebés son capaces de detectar los tonos, la melodía de la voz de la madre, de hecho, los sonidos del útero de la mamá nos acompañan toda la existencia como un fondo, como un eco de aquello que nos relaja”, explicó.

Esa familiaridad hace que la música tenga una relación particular con nuestra experiencia cotidiana, no se trata solamente de reconocer una melodía, sino de responder a elementos sonoros que pueden estar asociados con momentos y emociones.

El efecto de una canción también está relacionado con sus características sonoras, el ritmo puede acompañar distintos estados de activación, haciendo que una persona emplee diferentes estilos musicales dependiendo de lo que necesita en determinado momento.

Orjuela explica que el tempo puede influir en esa experiencia y contrasta dos situaciones cotidianas: escuchar música tranquila en un momento de descanso o hacerlo durante una actividad física.

«Si vas a un gimnasio y te ponen una canción con 120 bits por minuto, la música permite que te canses menos, por lo tanto es una gran herramienta para combatir la fatiga”, señaló.

¿Por qué podemos olvidar dónde dejamos las llaves, pero recordar una canción?

La memoria musical tiene una característica particular: puede permanecer vinculada a acontecimientos y emociones incluso después de que otros detalles de una época se hayan vuelto difíciles de recordar.

Una canción puede quedar asociada a una persona, un lugar o un momento específico, por eso basta escuchar los primeros segundos de una melodía para que aparezcan recuerdos que parecían olvidados.

“La música tiene una alta capacidad evocativa. Esto quiere decir que nos impregna con una emoción, nos marca los momentos más importantes de la vida, por ejemplo, el matrimonio, la llegada de un hijo, inclusive las primeras parejas, la etapa escolar, la universidad, porque la música llega a partes del cerebro que son muy antiguas, tienen que ver con la memoria episódica, es decir, el dónde y el cuándo”, detalló.

Así, una canción puede funcionar como una especie de puerta de entrada a una escena del pasado: no solo recordamos qué escuchábamos, sino también dónde estábamos y qué estaba ocurriendo en nuestra vida.

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¿Cuáles son los principales beneficios de la música para el cerebro?

Escuchar música puede ser una experiencia intencional, podemos elegir una canción porque queremos relajarnos, activarnos o incluso canalizar una emoción, sin embargo, para Orjuela existe otra forma de relacionarnos con la música que tiene un impacto especialmente importante en el cerebro: interpretarla.

“El mayor beneficio de la música está en tocar un instrumento. Cuando tocamos un instrumento, generamos sustancias que tienen que ver con la neuroplasticidad y esto es básicamente que las neuronas viven más, viven mejor y reducimos el riesgo de enfermedades como el Alzheimer”.

Tocar un instrumento, además de implicar escuchar, requiere coordinar movimientos, procesar sonidos y mantener la atención, esa participación activa es la que, según Orjuela, hace particularmente relevante la práctica musical para el cerebro.

¿Estudiar con música funciona? La respuesta no es igual para todos

Escuchar música no es una actividad pasiva para el cerebro: puede involucrar placer, memoria, emociones, atención y procesos relacionados con la neuroplasticidad, quizá por eso una canción que escuchamos hace años puede seguir teniendo la capacidad de transportarnos, casi instantáneamente, a otro momento de nuestra vida.

La música también puede entrar en espacios que requieren concentración, sin embargo, no todas las personas responden de la misma manera a ella mientras realizan una tarea que demanda atención.

“Cuando estamos estudiando o trabajando, podríamos poner música siempre y cuando nos permita mejorar el foco atencional. Sin embargo, a algunas personas la música los puede distraer y en este caso es mejor el silencio o simplemente música que no tenga letra para que no cree una interferencia cognitiva”.

La clave está en observar si aquello que escuchamos ayuda a mantener el foco o, por el contrario, se convierte en un estímulo que compite con la actividad que estamos realizando.

Foto: Pexels*

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